¿Opresión o libertad?

Crecí viendo a mis profesores hacer mil maravillas para responder por vocación a su trabajo pues como siempre, el tiempo no alcanza para calificar y atender como se debe a cada estudiante, máxime cuando son escuelas públicas que se caracterizan por la sobrepoblación estudiantil, pues el gobierno proclama “nadie se quedará sin un cupo en las escuelas”, aunque este cupo sea en un metro cuadrado en el piso.

En el año 2009, me sumé al listado de “profes” que desfilan ante los estudiantes de educación básica.  Algunos dijeron que había que ser estricto e imponer disciplina.  Nunca tomé en serio esta afirmación pues yo, que fui y sigo siendo estudiante, supuse que no era la única forma de ser profesor, y que podría crear conciencia en el estudiante de la libertad y corresponsabilidad en su educación.

Tanta planeación, elaboración de objetivos, guías, preparar clases y mil reuniones,  todo el esfuerzo realizado para que el estudiante no retribuya con atención y respeto el trabajo del profesor, me parece irónico, por no utilizar otra palabra.

Medio año procuré seguir y creer que otra forma de ser profesor era posible. Que era posible confiar en el estudiante y hacerlo corresponsable de su educación. Que era posible dejar los gritos y amenazas para lograr la atención e interés por las clases. Que era posible dejar de hacer reportes o bajar puntos por actitudes que van en contra del objetivo único de la educación, formar en libertad a hombres y mujeres con talante académico y preparados para asumir el futuro inmediato.

Al final la idea de que otra forma de ser “profe” era posible ya no tenía tanta fuerza.  Me di cuenta que surgian nuevas preguntas que debilitaban la energía empleada en procurar un cambio: ¿Será que los estudiantes necesitan sentirse amenazados para cumplir las indicaciones que van a edificar su vida?  ¿Será que necesitan opresión para que el esfuerzo e inversión económica de sus padres valga la pena?  ¿Será que eso de buscar la excelencia no les interesa?

Mi certeza de ser “profe” ha cambiado. Ahora evito suponer que mis soluciones son las idóneas o que mis conclusiones en tanto a cómo ser profesor son las correctas.  ¿Y si le preguntamos a los estudiantes qué clase de educación y profesores necesitan?

Parece que lo más fácil para un profesor es que sus estudiantes se conviertan en marionetas que brinquen cuando se les indique.  Por eso, por más difícil que parezca, educar en libertad será siempre una labor de todos los días, desde el hogar hasta la escuela.  Por tal razón el salón de clases no puede convertirse en un nuevo espacio de incomprensión y reprensiones.

Para finalizar, considero que la pregunta pertinente no es si existe otra manera de ser “profe”.  La pregunta que deben plantearse los jóvenes es si existe otra manera de ayudarlos en su educación.  Y en tal respuesta debemos estar atentos los profesores.

© Francisco Díaz

Imagen tomada de internet

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