El entendido a señas

 26 de Septiembre de 2010
XXVI Domingo Ordinario, Ciclo C
Evangelio según San Lucas 16, 19-31
El rico y Lázaro

Nunca se imaginó el cambio que iba a tener. 19 años de su vida pasando encima de ellos. 19 años de su vida sin saber de la vida de abajo.

Cuando lo invitaron a conocer el Puente Belice, pensó en la carretera. Asfalto que conectaba su casa al centro comercial. No imaginó rostros ni nombres. Al bajar, se presentó como un golpe en el pecho la realidad oculta a la vista. Al llegar al puente, bajó. Caminó y bajó la mirada. Ya no siguió de largo como antes. Ya no pasó encima de ellos. Ya no pudo pasar encima de ellos sin volver la vista abajo.

Pero no fue solamente ver. Aprendió a mirarlos. Desde entonces ya no pudo dejar de estar; catequesis, campeonato de fut bol, pláticas sobre el trabajo, etc. Desde que los conoció, siempre lo cuenta como un momento determinante en su vida.

En el Evangelio se presenta la historia de un rico que gastaba su tiempo de banquete en banquete. Fuera de su casa un pobre escuchaba. Fuera de su casa un pobre siempre estaba. El rico nunca dejó de sentir la presencia incómoda del pordiosero. Acostumbrado a verlo, nunca le dio curiosidad por acercarse. Renegando mirar, no pudo más que verle los zapatos rotos. Nunca al rostro. ¿Temor? ¿Asco? ¿Inseguridad? ¿Cobardía? ¿Egoísmo?

El pordiosero no tenía nada que perder con mirar al opulento. El rico, lo esquivaba para no tener que obligarse a sentir misericordia. Lo ocultaba para no tener que recordarse que el ser humano por naturaleza está destinado a compartir. Prefería encerrarse en su casa, con los amigos comprados, para no sentir que su corazón es generoso y verdadero. Ponía a todo volumen la música, para no escuchar el latir angustiado de su corazón. No se atrevió a mirarlo.

Al final de todo ¿para qué le hubiese servido al rico ver al pobre? Algunos pensarán que el rico hubiese provisto de comodidades al pordiosero. Pero puede ser que el pordiosero otorgara lo más preciado al opulento; un corazón generoso. Corazón grande que se hace humano con los humanos. Corazón de misericordia al servir a los únicos que son los preferidos de Dios; los pobres.

Puede que el rico hubiese vivido su existencia con menos miedo y mirar todo a su alrededor sin ocultarse.

Pensemos en cómo vamos por la vida; ¿ocultándonos y guardando la vista, pues nos pueden quitar nuestros tesoros, o dejándonos ayudar por los que nos pueden hacer salir de nuestros egoísmos?

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