Todo por el Reino de Dios

3 de Octubre de 2010
XXVII Domingo Ordinario, Ciclo C
Evangelio según San Lucas 17, 5-10
Auméntanos la Fe

Lo conocí cuando cumplió 98 años. De memoria envidiable y sentido del humor constante. Así era el Hermano Jesuita Beguiris. Llegó del país vasco cuando era apenas un jovencito. Su primer y único destino fue; el Colegio Centroamérica de Nicaragua.

Al entrar al colegio empezó su gran labor; enfermero, jardinero, chofer, amigo de todos los internos y externos, consejero y sabio, entre otras cosas. Cientos de ex alumnos le recuerdan.

No se puede hablar de la vida del colegio, sin escribir varias veces su nombre.

Meses antes de cumplir 99 años, nos abandonó. Su funeral fue muy sobrio. Los jesuitas y amigos que llegaron a la funeraria se extrañaron de no encontrar más personas para decirle adiós. Al llegar al cementerio todo transcurrió sin grandes discursos. Entonamos el Himno del Colegio y La Marcha de San Ignacio.

En el Evangelio Jesús le explica a sus apóstoles que aquel que trabaja por el Reino, no hace más que cumplir con su deber. ¿Deberá mostrarse agradecido el dueño con el servidor porque hizo lo que se le mandó?.

Esta frase suena un poco fría y sin afecto. Cualquiera diría que no es humano no reconocer el trabajo y esfuerzo de los demás. Esto está bien para los que desean el fugaz y temporal reconocimiento humano.

El Hermano Beguiris trabajó por más de 70 años en el Colegio. Una misión silenciosa y constante. Parece que nunca reclamó palabras por sus desvelos. Que su motivación para curar los raspones a los alumnos no fue la de buscar el agradecimiento o recompensa de los papás. Nunca le recriminó a algún mal alumno el hecho de ir de compras al mercado desde temprano para alimentarlos. A pesar de dominar más que los profesores la historia de Centroamérica y que todos los alumnos le buscaban para aclarar alguna duda, nadie sintió que “se la creía” más que los demás.

Beguiris trabajó y buscó siempre hacer la voluntad de Dios. Entregó su vida a los demás al estilo de San Ignacio de Loyola. No buscó el reconocimiento y la gratificación terrena. Su servicio lo enfocó en aquel que merece ser servido y amado; El Rey Eternal, Dios.

En otras palabras, me atrevo a imaginar que al final de su vida el Hermano Beguiris pudo pronunciar las palabras con las que termina el Evangelio: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.

Si somos de los que anda buscando que le reconozcan sus pobres labores y aportes, puede que estemos más interesados en la retribución que en el servicio. Si nos da tristeza que no nos llamen según nuestros estudios; licenciado, especialista, padre, etc. puede que estemos más preocupados por el título que en vivir con libertad y tranquilidad.

Si nuestros días transcurren libres de todas estas interrogantes, vamos por buen camino.

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