Elegir la vida

7 de Noviembre de 2010
XXII Domingo Ordinario, Ciclo C
Evangelio según San Lucas, 20, 27-38
La resurrección de los muertos

En un taller sobre Espiritualidad Ignaciana escuché hablar sobre la desolación. Es un estado en el cual la primer premisa es reconocer que el mal, en si mismo, es mentiroso y asesino de inicio a fin. De la desolación, causada por el mal espíritu, no puede salir nada bueno. Incluso puede engañarnos y aparentar algo positivo, pero al final se desvelará la maldad y su mala intención.

Para entender mejor la acción de la desolación, nos hicieron imaginar a una persona que trabaja en un taller mecánico. Todos sabemos, que después de un día de duro trabajo; mover piezas, quitar tornillos, mover llantas, etc, lo menos que veremos es limpieza. A esa persona, no le preocupará mover una herramienta de un lado a otro, pues está tan sucia, que no le importa agregar un poco más de aceite o polvo.

Puede que en la vida elijamos el mal, que sin darnos cuenta no nos importe o perdamos la idea de que alguna vez fuimos limpios.

En el Evangelio, Jesús resuelve un dilema de aquellos que no creían en la resurección. Eran siete hermanos que heredaron a la misma mujer conforme iban muriendo. Le preguntaron a Jesús: ¿de quién será la esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?

Jesús responde que en la resurección, no se casarán. En otras palabras, en la resurección no nos moveremos con los criterios que son comunes entre nosotros. Una esposa, en la cultura judía, se consideraba como una propiedad. Entonces al resucitar ni siquiera nos atreveremos a preguntar; ¿quién es el dueño? ¿esto es mio? ¿aquello es de mi propiedad?.

El hecho de la resurección nos invita a ilusionarnos con una vida sin envidias, reclamos, egoismos, desconfianzas, etc, pues todo será distinto.

Al final, el Evangelio termina afirmando que Dios, no es un Dios de muertos, sino de vivientes.

Tratemos entonces de reconocer el efecto del mal en nosotros, y empecemos a hacer vida la resurección, para que cuando lleguemos ante Dios, seamos reconocidos plenamente como aquellos que hemos elegido la vida, y vida en abundancia.

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