Aprender

Hace unos años, cuando vivía en Nicaragua, un grupo de 8 jóvenes fuimos una semana a Muelle de los Bueyes, en la Región Autónoma del Atlántico Sur.  La idea era distribuirnos de dos en dos en varias comunidades para ofrecer formación juvenil y apoyar en lo que hiciera falta a la organización local.

Mauricio, bachiller de un colegio jesuita, me acompañó durante esos ocho días a la comunidad llamada “El Silencio”.   Varios kilómetros separaban cada casa.  ¡Entendido el nombre de la comunidad!  Las familias se dedicaban al cuido del ganado y a la elaboración de quesillo.

Pasamos la semana compartiendo con la gente de la comunidad, visitando sus casas y caminando de un lado para otro.  Mauricio me contó que durante esa semana sus amigos y familiares le habían invitado a pasar unos días en la playa, ir al centro comercial, o simplemente salir a divertirse.  Y en lugar de eso, estaba en potreros, durmiendo en hamacas y siendo picado por toda clase de insectos.

Terminó la semana, y al volver a Managua nos juntamos días después para evaluar la actividad.  Uno a uno iban contando lo que habían hecho y las dificultades que se les presentaron; dormir mal, caminar varias horas, arrear vacas, moler maíz, hacer quesillo, y otras actividades más, sorprendentes y dificultosas para aquellos que van por primera vez de la ciudad a la zona rural.

Cuando llegó el turno de Mauricio, pensé que iba a “reprocharnos” lo que dejó de hacer por ir con nosotros y a describir una a una las dificultades que vivió.  Fue todo lo contrario.  Dijo que en lugar de ayudar a otros, objetivo fundamental de nuestra presencia en esas comunidades, él fue ayudado.  Que se dio cuenta al ver la sencillez y alegría de la gente del campo, que sus propias preocupaciones y problemas no merecían su atención.  Que en realidad le damos importancia a muchas cosas que no merecen nuestra atención, y que tanto la familia como el trabajo dignifican la vida.

Su respuesta fue inesperada, pero llena de significado.  Y es que los que con muy buen ánimo tratamos de ayudar, olvidamos que no se trata de simplemente llevar y dar.  No es así.  Puede ser que la gente de las comunidades carezcan de muchos servicios y comodidades, pero son más generosos que cualquiera de nosotros.  La sencillez de vida y las alegrías pequeñas son fuente de vida, en contraste con las quejas nuestras por superficialidades.

Al terminar de hablar Mauricio, la evaluación cambió.  Y entonces dejamos de un lado los indicadores de logro y cada uno fue contando con emoción lo que había aprendido durante la semana; ofrecer lo mejor que se tiene, confiar en las personas, dar una sonrisa al visitante, hacerle sentir en casa, etc.

Varios años han pasado desde entonces y sigo agregando detalles al listado, y cada vez más confirmo cuan necesitado estoy de aprender.

©Francisco Díaz

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Opinión y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

¡Gracias por dejar tu comentario!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.