¡Presentes!

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El 16 de noviembre de 1989 fueron asesinados en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de El Salvador, seis sacerdotes jesuitas y dos colaboradoras, por un pelotón del batallón Atlacatl de la Fuerza Amada de El Salvador. Hoy, les recordamos y honramos su martirio.

Les dispersaron las ideas.

Les quebraron las piernas que recorrieron veredas y cañadas.  Desde San Salvador a Chalate y Jayaque.

Les destrozaron las manos, que escribían y firmaban pronunciamientos ante las atrocidades, que eran puestas en la Eucaristía como única fuente de protección ante el odio y dolor.

Les apagaron los ojos, que les permitían ver la realidad y el sufrimiento que en ella había.

Les silenciaron la voz con disparos estruendosos, palabras que eran propagadas en plazas y aulas.

Nos obligaron a recordar cada 16 de noviembre que están ausentes. Ausencia que evoca que la justicia y verdad que conlleva el Reino de Dios, trae sus consecuencias.

Nos quitaron con mentiras y engaños la oportunidad de conversar con ellos y escuchar sus propuestas sobre cómo hacer de nuestro país un lugar más justo, fruto de la paz verdadera.

En ocasiones lamento no haberles conocido, pues me hubiese gustado platicar y reír un momento con Elba y Celina, tocar guitarra con Baró, platicar sobre Fe y Alegría con Lolo, recibir ejercicios espirituales de Juan Ramón Moreno, escuchar a Segundo Montes hablar sobre Derechos Humanos, jugar futbol con Amando López y recibir clases de Filosofía con Ellacuría.

Pero no justifico con tristeza lo que les pasó, pues si a alguien estorbaban quiere decir que sus palabras y acciones eran valientes y apegadas a la realidad. Y cómo no serlo si habían conocido y llevado en hombros el cuerpo asesinado de San Óscar Arnulfo Romero, cuya voz en las misas únicas era la mejor defensa de los pobres y menesterosos.

Los culpables de tan vil y cobarde asesinato deben entender que abrieron en nuestros corazones el deseo inquebrantable de situar la defensa y dignidad del ser humano como lo más importante, y que a pesar de nuestras debilidades y mediocridades humanas, pondremos a nuestros mártires como nuestro trofeo glorificado.

Hoy, nuevamente les recordamos y gritaremos con convicción ¡PRESENTES! cuando veamos sus rostros en la procesión de los farolitos.

©Francisco Díaz

Publicado en Plaza Pública 

*Imagen tomada de Maestría en Teología Latinoamericana

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