Carta a Monseñor Romero

No tuve el privilegio de escucharte hablar Monseñor, por eso no me canso de reproducir una y otra vez tus homilías, en las cuales busco alivio en mis momentos de debilidad, fruto de tanta noticia asesina de esperanzas y opresora de los mensajes de buena voluntad.

RomeroNo te vi caminar por los pueblos y barrios, por eso voy recogiendo pedazos de historias que cuentan sobre tí las personas que te conocieron, pues nadie quedó indiferente ante tu paso por este mundo. 

He visto los videos en los cuales abrazas las fotografías de los desaparecidos y asesinados, benditos nombres que fueron pronunciados por tus labios en las misas únicas, baluarte y refugio ante tanto silencio homicida. 

No pude recibir tu bendición en la misa dominical, por eso fui e iré siempre que pueda a la cripta para rezarte y pedir que nos des tu fuerza misericordiosa, aquella que te llevó a denunciar las atrocidades del enemigo con la única arma que el Dios bueno pudo darte, la compasión.

No conocí a tu amigo jesuita Rutilio Grande, por eso fui a El Paisnal, y ante la tumba de Nelson y Manuel, pude entender que te hiciste solidario con “Tilo” (Rutilio) al confirmar con tu propia sangre vertida en el altar, que la vida se nos da para gastarla en favor de los oprimidos, con todas las consecuencias que tal opción conlleve.

Hoy, me levanto escuchando a los mercenarios transnacionales que pregonan que ahora vivimos otros tiempos, y que al no tener guerra entre hermanos las cosas son mejores y que por ello no es necesaria tu voz.  Pero conforme pasa el día, me doy cuenta que la sociedad me engaña, pues oculta en barrancos y edificios viejos a los pobres, hijos de un sistema que los ahoga fruto de la injusticia social que tantas veces denunciaste como la causante de la desigualdad social.  Te escucho hablar de ello y pareciera que nos predicas a los hombres y mujeres de hoy que seguimos sin entender.

Me gustaría que los soldados escucharan tu última homilía y te obedecieran cuando dices que “matan a sus propios hermanos”, pues es una verdad que irrumpe en el corazón de todo hombre al despojarse del uniforme y reconocer que por nuestras venas corre la misma sangre.

No tuve la suerte de estar en tus charlas en la UCA con tus amigos jesuitas,  y por eso me gusta hablar de tu vida en las clases, y a pesar de sudar frío frente a mis compañeros al pronunciar tu nombre, hago mi mejor esfuerzo para decirles que hubo un obispo que resucitó en su pueblo.

De haber vivido en esos años, con seguridad hubiese asistido con mi familia a escucharte y aplaudirte, o sintonizado en la radio tus homilías, única alternativa para desenmascarar a  los mentirosos y asesinos.

CriptaEn fin, son muchas palabras no escritas las que rondan en mi teclado.  Pero nada se compara con lo que siento al ver la fotografía que les comparto.  Dos personas reflexivas en la cripta de catedral, son mis papás rezando frente a la imagen resucitada del pastor, de nuestro obispo mártir San Romero de América.

¡Monseñor Romero Vive!

© Francisco Díaz

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4 respuestas a Carta a Monseñor Romero

  1. Francisco N. Dìaz D. dijo:

    En efecto, cuando vemos en perspectiva que los mártires viven en la mente y corazòn del pueblo, solamente podemos concluir que nunca han muerto.

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  2. Edil dijo:

    Francisco, gracias por compartir esta preciosa “carta-reflexión-oración”. ¡Dios te siga bendiciendo!

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