Hablemos de ellos

El escritor y periodista colombiano Héctor Abad escribió el libro “El olvido que seremos” para contar la historia de su padre, un hombre bueno que fue asesinado.  Abad afirma que la historia de un país no la pueden seguir protagonizando los mafiosos y asesinos, pues por cada uno de ellos existen cientos de seres humanos valientes cuyo estandarte es la esperanza en una justicia que nos lleve a la paz.

 

Las siguientes historias recreadas en base a testimonios reales pueden dañar la sensibilidad de algunas personas, por lo que se recomienda la compañía de expertos en reconstrucción de la memoria histórica y justicia restaurativa.

Ella

Despertó al escuchar el ladrido de los perros.  Le jalaron el pelo y la tiraron al piso.  Su marido trató de ayudarla pero los soldados lo patearon, lo llevaron fuera de la casa hecha de adobe y como seguía gritando le destrozaron la cabeza con la culata del fusil Galil KEL.  Ella no paraba de repetir el nombre de su hija de 6 meses que dormía en una hamaca colgada en las vigas de madera.

Cuando despertó supuso que la habían golpeado hasta quedar inconsciente pues no recordaba cómo la llevaron al cuarto de lámina amarrada de pies y manos.  Entraron dos soldados y mientras uno la colgaba de la viga del cuarto, otro la desnudaba y abría las piernas para violarla.  No importaron los gritos y ruegos por saber dónde estaba su niña, pues los insultos y risas aumentaban, así como aquellos que entraban y se formaban para esperar “su turno”.

Le llevaron dos tortillas frías con frijol, segunda comida recibida en tres días.  Y en un descuido se puso el vestido desgarrado y pudo escapar de los pocos uniformados que estaban de guardia mientras los demás andaban patrullando en Cotzal.  Llegó a su casa.  Las vacas y milpas quemadas aumentaron sus latidos, y al entrar al cuarto vio la hamaca inmóvil que sostenía el cuerpo sin vida de su niña de 6 meses.  La cargó en brazos y siguió caminando.

Han pasado muchos años.  Ella, al igual que muchas mujeres nobles y valientes que en noches incontables siguen pronunciando en silencio el nombre de sus hijos y esposos asesinados,  han salido adelante con sus vidas a pesar de vivir con esos recuerdos tenebrosos del pasado.

Él

Con aceite y sal en su morral regresaba del pueblo a su comunidad.  Los domingos todos se juntaban en la plaza para vender verduras y comprar lo que les hacía falta.  Bordeando el cerro se encontraba, cuando escuchó gritos.  Como pudo se asomó al filo de una piedra y observó cómo rodearon la plaza y a puros empujones y patadas metieron a todos los hombres a la Iglesia.  A las mujeres y niños los encerraron en la escuela y a las muchachas jóvenes las llevaron al salón comunal.  Una de ellas intentó escapar.  Un soldado la alcanzó y tiró al suelo, le cortó la cabeza y la colgó de un árbol con las piernas abiertas.

No había terminado de ver cómo la colgaban, cuando escuchó la voz de su papá pidiendo ayuda pues le habían prendido fuego a la Iglesia.  Cuando las voces fueron callando, ametrallaron los cuerpos por si alguien quedaba vivo.

Ya cansados y con la tarde cayendo, obligaron a algunas mujeres a prepararles la cena para saciar su hambre.  Las jóvenes fueron violadas.  Durante 3 días repitieron la misma labor hasta exterminar a la comunidad entera.

Cuando todo terminó, caminó en dirección contraria del destacamento militar llevando cual peso agobiante la escena en la cual con un cuchillo le habían abierto el estómago a su vecina embarazada.

Han pasado más de 30 años, y él, al igual que muchos hombres perseverantes han decidido no causar sufrimiento a otro ser humano viviendo a la espera de una explicación por el dolor que a ellos les impusieron.

 

Algunos de ellos, hombres y mujeres buenos, ofrecieron su valioso testimonio en el nauseabundo juicio por genocidio que hubo alguna vez en un país llamado Guatemala.

© Francisco Díaz

Artículo publicado en Plaza Pública

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