¡Con las puertas cerradas dice!

Un día normal en algún lugar de América Latina

Salgo de la universidad.  Se detiene el bus.  El reloj marca la 1:16 pm.  Carlos sube primero y voy de segundo.

Pongo el pie izquierdo en la primera grada y mi mano izquierda agarra un extremo de la puerta.

Ese día llevaba la mochila en la espalda y por suerte no me dio tiempo de ponerme los audífonos y sostener el reproductor en la mano derecha.  Me gusta escuchar música mientras viajo los 40 minutos en bus de la “U” a la casa y viceversa.

Mi mano derecha agarra otro extremo de la puerta del bus, y levantando el pie derecho para ponerlo a la par del izquierdo, cuando tal segundo eterno el chofer arranca y mis 185 libras de peso quedaron sostenidas únicamente por lo que habían sujetado mis manos.

Vi cómo el pie derecho tocó el asfalto veloz.  No me solté.

Una señora que iba dentro del bus gritó, pues con seguridad pensó que iba a soltarme y en consecuencia las llantas traseras hubiesen destrozado al menos una pierna sin contar el golpe en el asfalto.

El chofer se detuvo y puse el pie derecho a la par del izquierdo, en la primera grada del bus.

En ese segundo eterno, no recuerdo si mi pie izquierdo existió.  Solo tengo razón del pie derecho tocando el asfalto.

Carlos reclamó enérgicamente y la señora que había gritado mostró su enojo y rabia al chofer.  Respuesta del chofer:  “Pensé que no se iba a subir al bus”.

En el momento no tuve energía para sumarme a la protesta, pues lo que me interesaba era confirmar que estaba vivo y que no tenía más que el raspón somero del asfalto en la plantilla del zapato.

¿Qué me ayudó?

  • Que llevaba las manos desocupadas y así pude sujetarme de ambos extremos de la puerta.  Es muy común que se suban señoras con niños en brazos o universitarios cargando libros y mochilas.
  • Mi peso.  Ando aproximadamente en 185 libras.  ¡Algo pesado vaaa!  Considero que tales libras evitaron que el impulso al acelerar no moviera más que una pierna.
  • Fuerza.  Fue fundamental, pues lo que en realidad evitó que saliera “disparado” fue que aguanté mi peso con los brazos.
  • No quiero imaginar lo ocurrido si en vez mía le hubiese sucedido tal segundo eterno a un anciano, una señora con un niño en brazos o un adolescente –flacucho- universitario.

Durante el viaje, ya pasado el susto, la señora que gritó me veía para confirmar que estaba bien, y yo, entre resignación y enojo leía una y otra vez el letrero colgado a la par del chofer que decía:  “Por su seguridad este vehículo solo se pone en marcha con las puertas cerradas”. 

¡Con las puertas cerradas dice!  ¡Achi pech!*

© Francisco Díaz

-Clic en el video.  Mejor nos reímos de la realidad-

* “Achi pech”, modismo de ¡Sí pues!

** Imagen tomada de Internet

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