¿Por qué estamos como estamos?

Todos estamos invitados a comprometernos desde nuestra cotidianidad a tomar decisiones que contribuyan a la construcción de un país con paz y justicia social.

Los jugadores de fútbol quieren ser dignos representantes del país. Las arduas jornadas de preparación física requieren de la persona entera pues deben adoptar un estilo de vida que les permita estar preparados para los 90 minutos que hacen soñar al país entero.

Los profesores sueñan con brindar educación de calidad. Y en el cumplimiento de su misión, las distancias y el difícil acceso no son impedimento para llegar a la comunidad rural encomendada para propagar el saber, labor que asumen con gran dedicación y optimismo.

Los médicos anhelan recibir a sus pacientes en las mejores condiciones posibles. Los jóvenes que cursan los primeros años de medicina están entregándose en cuerpo y alma al estudio para realizar su vocación de curar en miras a un sistema de salud que les permita ejercer su profesión con dignidad.

Los “buseros” se esfuerzan por ofrecer un transporte digno y limpio a los usuarios. Ellos desean llevar sano y salvo a su destino a cada pasajero. Ninguno quiere ir a velocidad excesiva ni rebasar en las curvas pues saben que pueden provocar un accidente mortal.

Nuestros niños y jóvenes confían en que crecerán sanos y sin traumas. Podemos tener la certeza que nuestros “patojos” están dispuestos a estudiar y ser buenos profesionales. Ellos quieren vivir en un barrio en el cual puedan jugar futbol hasta tarde y caminar en una ciudad limpia y ordenada.

Los columnistas anhelan exaltar las virtudes de nuestros gobernantes y las glorias de sus ciudadanos.

Los políticos quieren trabajar por el bienestar del pueblo. Los que nacieron pobres saben por experiencia que las políticas públicas pueden mejorar la calidad de vida de cada ciudadano. Y los que nacieron en hogares privilegiados, saben que su preparación académica puede orientar leyes que sean buena noticia para todos.

Ahora bien. Nuestros deseos como seres humanos no son malos ni nacen con la pretensión de dañar a los demás.

Pero día a día vemos a nuestros gobernantes protagonizar escenas de abuso de autoridad y mal-gastar bienes del Estado para extender beneficios a hijos y nietos. Las fuerzas del orden público siguen defendiendo intereses de las transnacionales que exprimen nuestros recursos naturales en perenne fidelidad a los acuerdos firmados con extranjeros, en detrimento de las comunidades del campo y calidad de vida de los campesinos.

Los deportistas se han convertido en enemigos públicos merecedores de golpes e insultos. Fanáticos de ambos equipos se están matando, fruto de la brutal rivalidad provocando más tristeza y preocupación que alegría y sano entretenimiento.

Los médicos, que quieren ejercer su profesión con dignidad, son la cara visible de un sistema de salud que los sitúa en un escenario macabro en el cual el hilo de sutura y los guantes estériles son privilegio y no un derecho. Caso similar los profesores, educadores de vida que son vistos como enemigos por pedir salones sin goteras y escritorios decentes para sus alumnos.

A nuestros políticos los elegimos con alegría y entusiasmo. Transcurridos un par de años todo se revierte y pareciera que se han ganado el odio del pueblo, pues las esperanzas vertidas en sus planes de gobierno nos han provocado más frustración que esperanza.

Yo quiero vivir en paz. Estoy seguro de que ustedes son honestos y trabajadores. Y no creo equivocarme al escribir que todos queremos un país en el cual se pueda caminar sin temor al robo, secuestro, extorsión o violación.

Lo preocupante, deprimente e inaceptable es que si todos nos estamos esforzando por ser honestos, trabajadores y vivir en paz, entonces, ¿por qué estamos como estamos?

© Francisco Díaz

Columna publicada en Plaza Pública

Video: Así viven los políticos suecos.

*Imagen tomada de internet

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