El obrero merece su salario

El obrero merece su salario

(Lc 10, 7)[1]

Presentación

Todo hombre y mujer está llamado a realizar actividades que le permitan recibir un salario o remuneración económica que garantice la obtención de los recursos necesarios para la compra de servicios que aseguren una forma de vida digna.  De esta forma el trabajo aparece como una forma esencial de contribuir con el bienestar y dinamismo social, en la cual es indispensable el reconocimiento y justa valía del trabajador y la actividad que realiza.

Tal apreciación de una remuneración económica justa parece estar perdiendo vigencia y asistimos a la degradación del sentido del trabajo como medio de dignificación del trabajador.  Los empleos exigen cada vez más tiempo y esfuerzo del ser humano, en detrimento total del nivel de vida que la remuneración económica puede posibilitar.

En el año 2005 tuve la oportunidad de realizar una experiencia de trabajo en los “cortes de café”, en la Finca de los Tylor, ubicada en la región de Boquete, Chiriquí, al oeste de Panamá.  Durante los dos meses que duró la experiencia de trabajo, me di cuenta de la injusta retribución económica que reciben los cosechadores que no les permite ni siquiera sentirse respetados e incluidos dentro de las desbordantes ganancias que produce la comercialización del café.

En esta finca, un cosechador trabaja alrededor de 14 horas al día en situaciones difíciles y peligrosas, esfuerzo que recibe una retribución económica injusta y escandalosa, condenándolos al imposible de sentirse dignos y valorados como seres humanos que merecen un trato justo como trabajadores que poseen dignidad y que merecen el reconocimiento como tales y tanto más por saberse Hijos de Dios.

No es justo que el trabajo pase de ser el medio de dignificación y realización personal, a convertirse en la estructura que se aprovecha de hombres y mujeres que sirven simplemente para generar ganancias a pocos a costa del sufrimiento y privaciones de muchos.  Por eso es importante que reflexionemos sobre la relación entre trabajo y la remuneración económica asignada y reflexionemos acerca de las causas que la han llevado a separarse del fin de ser medio de realización plena del hombre y mujer.

En la búsqueda de esa comprensión, la Doctrina Social de la Iglesia tiene una palabra para el mundo de hoy que parece ahogarse en el sinsentido de ausentes formas de dignificación del trabajador y salario justo.

Para indagar en tal problemática, planteo la siguiente pregunta como horizonte de mi investigación.  ¿Desde el punto de vista de la doctrina social de la Iglesia, cuál debe ser la relación entre trabajador y salario justo de un cosechador en una finca de café?

 En la finca

Posterior a la experiencia de trabajo en una finca, caí en cuenta de la importancia de entender el sentido pleno de lo que puede significar el trabajo como medio de realización personal y familiar.  Pero lo visto en la finca de café sitúa al trabajo como un elemento que no cumple con tal función pues un salario bajo ante un esfuerzo humano alto, no representa el poder adquisitivo necesario.

Por ello la relación entre trabajo y salario debe preocuparnos pues el sistema del mercado parece dominar toda actividad humana remunerada.  A salario alto, podemos entender que la persona o actividades que realiza son más importantes y que la persona por ende vale más que aquella que incluso puede trabajar más recibiendo un salario inferior, entendiendo de la misma forma que valen menos.

Tal percepción no se encuentra solamente en una finca de café.  Con cada vez más normalidad es común que las “maquilas” o empresas de gran producción, hagan uso de la mano de obra de los trabajadores en clara desigualdad entre el esfuerzo realizado y el pago que reciben.  Estos temas son importantes pues hemos llegado a la conclusión de que no importa cómo traten al trabajador, pues lo importante es trabajar.  En estos casos los culpables van desde los empleadores, pasando por gobierno, ministerios de trabajo, siendo el más afectado el hombre o mujer necesitada de una fuente de ingreso.

Es importante que tratemos de entender las causas de tal separación entre satisfacción humana y trabajo.

Al no poder restarle importancia al trabajo humano como medio de plenificación y forma de tener ingresos económicos, necesitamos entender los mecanismos y formas que degradan tal visión a tal punto de formular expresiones en las cuales “ser explotados sea una bendición”.

Para tal investigación he incluido la Doctrina Social de la Iglesia, pues el hombre además de merecer respeto y trato justo por el simple reconocimiento de ser hombre y mujer, también me interesa saber cuál es el nivel de consideración al utilizar términos en los cuales se nombre a un ser humano como “hijo de Dios”.

Puede ser que existan diversas formas de recuperar la dimensión relacional entre el trabajo y los seres humanos, de tal manera que vaya en contra del simple utilitarismo y producción desligada de los valores del Reino de Dios que disponen todo lo creado para el servicio del hombre en la búsqueda constante de su propia realización plena.

Respecto al trabajo 

Angelo Sodano, Secretario de Estado, le dirige una carta al Sr. Card. Renato Raffaele Martino, Presidente del Pontificio Consejo de Justicia y Paz, el 29 de junio de 2004, en la cual le presenta un recorrido histórico que ha culminado con la elaboración y publicación del “Compendio de la doctrina social de la Iglesia”.  En tal mensaje se deduce desde un inicio la óptica desde la cual se toma el aspecto del trabajo como aquel incluido dentro de su valía en el ámbito moral y no solamente comercial.

El mundo del trabajo, profundamente modificado por las modernas conquistas tecnológicas, ha alcanzado niveles extraordinarios de calidad, pero desafortunadamente registra también formas inéditas de precariedad, de explotación e incluso de esclavitud, en las mismas sociedades “opulentas”. En diversas áreas del planeta, el nivel de bienestar sigue creciendo, pero también aumenta peligrosamente el número de los nuevos pobres y se amplía, por diversas razones, la distancia entre los países menos desarrollados y los países ricos. El libre mercado, que es un proceso económico con aspectos positivos, manifiesta sin embargo sus limitaciones. Por otra parte, el amor preferencial por los pobres representa una opción fundamental de la Iglesia, y Ella la propone a todos los hombres de buena voluntad.[2]

No se trata de eliminar el mundo del trabajo, sino de evitar que se convierta en el nuevo instrumento de tortura liderado por el libre mercado en el cual los pobres sean los que deban sacrificarse.  La Iglesia sitúa claramente la “opción preferencial por los pobre” como algo fundamental como punto de partida para ser extendida a todos los hombres y mujeres.

En ese esfuerzo de situar a los pobres en condiciones que les favorezcan, el trabajo no es enemigo de tal lucha, sino un aliado importante e imprescindible.  Por ello cuestionar y mejorar la forma en que se ofrece beneficios a cambios de trabajo debe primar en nuestra comprensión certera y no en mero fatalismo.

Para el teólogo Jung Mo Sung, en su libro,  La idolatría del capital y la muerte de los pobres, no se trata de un simple análisis de los sufrimientos de los pobres, sino de las causas estructurales que la provocan.  La explotación es un sistema que abunda en planeación y en gente dispuesta a que así sea y  siga siendo.

Tal visión de la vida contradice completamente lo presentado por la La Constitución Pastoral Gaudium et Spes, que introduce el actuar humano en el mundo y va más allá de la simple individualidad, pues la comunión familiar, el relacionarnos con nuestros seres queridos en la cual media el cariño y amor por el otro, nos permite reconocer al “quién” y “quiénes”, condición indispensable para crear nuevas relaciones basadas en la producción de bienestar y satisfacción que sea justo para todos.

 Trabajo y relaciones humanas

Me interesa profundizar en la calidad de nuestras relaciones como seres humanos, pues ya sea de forma gratuita como sucede en las relaciones familiares, o de interés, como sucede en el mundo laboral, nos sitúa frente a otro ser humano que merece todo respeto y dignidad.

Tales palabras de reconocimiento del otro como ser humano, parece hacer ruido en  un campo netamente inhumano pues al ser la producción y consumo aquella que nos “obliga” a vernos cara a cara y relacionarnos acorde a las necesidades de unos terceros, no queda sino seguir el juego empresarial que nos enajena de nosotros mismos de nuestra realidad y vida.

Una de las máximas del Capitalismo es situar a la economía como aquella capaz salvar la vida y ofrecer soluciones a los ciudadanos en determinados contextos socio-políticos.  De aquí surge la necesidad de reflexionar y vernos a nosotros mismos, como compañeros de clase, amigos, familia y demás círculos sociales en los que nos movemos, y que seamos capaces de criticar nuestra humanidad, desenmascarando de manera frontal aquella fuerza sutil que nos ha convertido en simples números que bien pueden ser sustituidos unos por otros sin mayor pesar que el de la estadística pura.

Crecer en un ambiente dominado por la “utilización” del ser humano, daña desde el nacimiento la forma de comprendernos a nosotros mismos.  En ese orden de ideas, nacer aporta más incertidumbre y pesar a una familia, que alegría y esperanza en un futuro que aporte tranquilidad.  ¿Quién tiene un futuro digno?

Pensar y afirmar que “un futuro digno no es algo que el ser humano trae bajo el brazo”, debe provocarnos el repudio total, pues esto significa que el ser humano vale por lo que es.  Estar a favor de “sos lo que tenés”, debe escandalizar a la sociedad entera, pues si “poseer” es más importante que “ser”, entonces existen distintos tipos de seres humanos que valen acorde a lo que tienen.  Esto significa que un 80% de la población mundial no es igual que el resto de aquellos que poseen todo en contraposición de aquellos que no poseen nada.  Para que exista un millonario que viva cómodo, deben existir millones de pobres que vivan incómodos.  En este sentido la modernidad fue la que nos prometió confort para todos.  Pero desde el inicio fue un engaño total, pues prometía confort ilimitado sin calcular que tal bienestar lo produce algo limitado; la naturaleza, el petróleo, el agua, etc.  Incluso tal confort ilimitado ha demostrado que el ser humano, como ser limitado, es incapaz de “gozar” todos los placeres ofrecidos que en algunos casos representativos ha incurrido en suicidios y depresiones, ante la ausencia de alegría y buena vida.  Vemos entonces que el poseer y gozar de todos los placeres no corresponde necesariamente a un nivel de vida sano y justo.

Algunos quieren encontrar la fórmula para alargar la vida, pero no se han preguntado si quieren alargar la vida para seguir viviendo felices, o quieren alargar la vida para seguir siendo infelices.  La felicidad no es producto que se pueda vender o producir en fábricas.

Desmontar y desmitificar las ideas anteriores, nos puede ayudar a replantear y dar un nuevo lugar al ser humano en conjunto con el mundo que le rodea.  Ver al ser humano como aquel que es digno de toda producción humana puede ser novedoso en el sentido de trabajar en pro del respeto y dignidad del “otro” que me ayuda a reconocerme también valioso.

Tal percepción de las relaciones humanas definidas en categorías de valor y depreciación se entiende desde el sistema educativo que nos enseña desde pequeños que si soy bueno en tal o cual competencia, entonces soy buen estudiante.  La forma de calificar y de relacionarnos es en tanto a estímulos y premios, aprendizaje social que considero ha hecho demasiado daños a nuestros “hermanos”, y nos ha hecho demasiado daño a nosotros mismos.

El daño ocurre cuando nos acostumbramos a un sistema que me premia acorde a un salario o retribución monetaria.  Tal retribución monetaria es aquella que hasta ahora ha indicado la calidad de ser humano, y por lo tanto determina la valía de ser humano que puedo llegar a ser.  Desgraciadamente un ser humano puede acceder a salud, educación y vivienda digna si tiene el dinero para comprar tales servicios, y desgraciadamente nuevamente, identificamos el éxito de cada ser humano, acorde al acceso de tales servicios.  ¿Qué pasaría si no fuera el dinero un indicador social?

Retomando la experiencia de los cortes de café, el horario de trabajo de los cosechadores iniciaba a las 4 am, y con una taza con café frio en el estómago, emprendían el camino hacia el surco señalado por el capataz y así cortar el “grano de oro”, nombre con el que se identifica al grano de café pues el café producido en esa región es de primera calidad, significando que el precio es de los más altos a nivel internacional.  El cosechador hace una breve interrupción a la 1 pm, para “tragar” un par de puñados de arroz y aguacate, y así continuar la cosecha sin descanso.  A las 5 pm, el dueño de la finca pasa por el camino recogiendo los costales de café, para después medirlos en y dependiendo del número de latas llenas, eso determinaba los dólares que ganaba el cosechador.  Una lata equivale a un dólar.  Eso sin contar que si el café era demasiado verde o tenía muchas hojas, el finquero descontaba 0.50 centavos o un dólar por haber realizado mal su trabajo.

Obviamente, en mi caso, el día que pude cosechar más, gané 4 dólares en 12 horas de trabajo.  ¡Toda una proeza! Un cosechador promedio hacía entre 8 y 10 latas.  Eso significa máximo 10 dólares por día.  Para entender tal resultado del trabajo debemos entender que el cosechador era ayudado por su familia, esposa e hijos, que por turnos ayudaban a cosechar.

Conocí a varios de ellos, cosechadores con sus familia, la mayoría indígenas Ngöbe provenientes de Chiriquí o de Bocas del Toro, ambas comarcas pertenecientes al occidente Panameño.

El finquero recibía cada año alrededor de 500 cosechadores con sus familias.  Los que llegaban a “pedir trabajo” eran más de 800.  Es decir, los que eran aceptados tenían suerte.  ¿Suerte de qué?  ¿Suerte de ser explotados?

A primera vista puede parecer que 10 dólares por día es suficiente dinero.  Y si multiplicamos los 70 días que dura la cosecha, un cosechador promedio puede ganar en los dos meses que dura la cosecha alrededor de $700 dólares.  Pero no nos engañemos.  El dinero ganado se guarda como un tesoro preciado pues debe durar más de 8 meses.

Al terminar la cosecha los trabajadores y sus familias regresan a la comunidad en la cual viven y deben adecuar los dólares ganados a las necesidades de los meses restantes hasta la próxima cosecha.  Con ese dinero compran gasolina, zapatos, sal, aceite, baterías y demás productor absolutamente necesarios para el ritmo familiar.  La tierra le brinda al campesino la oportunidad de tener alimento fruto de su trabajo; yuca, ñame, otoe, ñampi, papas, zanahorias, limones, zacate limón, etc.  Enviar a sus hijos a la escuela es impensable pues para ello necesitaría invertir el dinero en libros, zapatos, camisas, pantalones, y lapiceros, siendo tal idea algo imposible de concebir.  En estas condiciones enfermarse es prohibido.

Ante tal escenario es importante que reflexionemos en la falta de retribución económica de un trabajador que dedica más de 10 horas al trabajo manual, y que recibe un salario que no reconoce en nada el esfuerzo realizado.

Durante esta experiencia de cortes de café, me di cuenta que el problema no son los deseos de salir adelante.  Los cosechadores se levantaban a las 4 am y durante 12 horas trabajan de sol a sol para entregar el fruto de su trabajo.  Es decir, no son haraganes ni perezosos.  Con todas estas horas invertidas en el trabajo, los hijos de los cosechadores crecen sin educación y sin acceso a un sistema de salud que les cuide.  Eso sí.  Para Panamá la exportación del café es muy importante y es uno de los orgullos que comparten con Colombia, ¡tener café de altura!

Lo paradójico es que para el sistema total, es más importante cuidar el café y presentarlo como lo mejor del país, que cuidar a los panameños y presentarlos como el orgullo del país.  Así se entiende que se les explote sin que nadie diga nada y sin que nadie intente siquiera cuestionar el “desgraciado” sistema tradicional de producción.

Ante tal escenario, la llamada de atención urgente es a repensar nuestras relaciones humanas e identificar los elementos que hacen que nos agotemos en trabajos que no queremos y en sacrificios que nos agotan angustiosamente día a día.

A este respecto la introducción del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dice así:

Existen muchos hermanos necesitados que esperan ayuda, muchos oprimidos que esperan justicia, muchos desocupados que esperan trabajo, muchos pueblos que esperan respeto: « ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más elemental; quién no tiene techo donde cobijarse? El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social.[3]

En el capítulo segundo, “Misión de la Iglesia y doctrina social”, queda claro que la misión de la Iglesia no es el hombre y mujer aislado en su entorno.  Queda en evidencia que el ser humano necesita de todo lo dispuesto en orden social y cultural para realizarse como persona inserta en su realidad.  Por lo tanto la preocupación por la humanización y calidad de vida importan a la Iglesia en tanto su misión salvífica.

Cuidar del hombre significa, por tanto, para la Iglesia, velar también por la sociedad en su solicitud misionera y salvífica. La convivencia social a menudo determina la calidad de vida y por ello las condiciones en las que cada hombre y cada mujer se comprenden a sí mismos y deciden acerca de sí mismos y de su propia vocación. Por esta razón, la Iglesia no es indiferente a todo lo que en la sociedad se decide, se produce y se vive, a la calidad moral, es decir, auténticamente humana y humanizadora, de la vida social. La sociedad y con ella la política, la economía, el trabajo, el derecho, la cultura no constituyen un ámbito meramente secular y mundano, y por ello marginal y extraño al mensaje y a la economía de la salvación. La sociedad, en efecto, con todo lo que en ella se realiza, atañe al hombre.[4]

Los desafíos y la necesidad de mejorar las estructuras que siguen sin hacer posible una mejor relación entre el trabajo digno y el hombre, no son un hecho aislado de la historia, sino que pertenecen a una lucha histórica liderada por movimientos sindicales que han aportado a las generaciones presentes esfuerzos y experiencias dignas de reflexionar y tomar en cuenta.

Los acontecimientos vinculados a la revolución industrial trastornaron estructuras sociales seculares, ocasionando graves problemas de justicia y dando lugar a la primera gran cuestión social, la cuestión obrera, causada por el conflicto entre capital y trabajo. Ante un cuadro semejante la Iglesia advirtió la necesidad de intervenir en modo nuevo: las « res novae », constituidas por aquellos eventos, representaban un desafío para su enseñanza y motivaban una especial solicitud pastoral hacia ingentes masas de hombres y mujeres. Era necesario un renovado discernimiento de la situación, capaz de delinear soluciones apropiadas a problemas inusitados e inexplorados.[5]

León XIII promulga la primera encíclica social, “Rerum novarum”, y pone atención en la lucha de clases como aquella que pone en peligro la sobrevivencia de los más débiles.  En tal lucha de clases el más fuerte siempre gana.

La « Rerum novarum » enumera los errores que provocan el mal social, excluye el socialismo como remedio y expone, precisándola y actualizándola, « la doctrina social sobre el trabajo, sobre el derecho de propiedad, sobre el principio de colaboración contrapuesto a la lucha de clases como medio fundamental para el cambio social, sobre el derecho de los débiles, sobre la dignidad de los pobres y sobre las obligaciones de los ricos, sobre el perfeccionamiento de la justicia por la caridad, sobre el derecho a tener asociaciones profesionales ».[6]

La encíclica “Quedragesimo anno” publicada por Pío XI, sirve de base para que la “Rerum novarum” confluya en dos temas principales: la toma de conciencia de la historia de la época industrial y la solidaridad que debe primar en las relaciones fruto de la expansión y el libre mercado entre países.

A comienzos de los años Treinta, a breve distancia de la grave crisis económica de 1929, Pío XI publica la encíclica « Quadragesimo anno », para conmemorar los cuarenta años de la « Rerum novarum ». El Papa relee el pasado a la luz de una situación económico-social en la que a la industrialización se había unido la expansión del poder de los grupos financieros, en ámbito nacional e internacional. Era el período posbélico, en el que estaban afirmándose en Europa los regímenes totalitarios, mientras se exasperaba la lucha de clases. La Encíclica advierte la falta de respeto a la libertad de asociación y confirma los principios de solidaridad y de colaboración para superar las antinomias sociales. Las relaciones entre capital y trabajo deben estar bajo el signo de la cooperación.[7]

Juan Pablo II retoma el mensaje de la “Rerum novarum” y mantiene la importancia del trabajo para el buen funcionamiento de la vida social y presenta la encíclica “Laborem exercens” en las cuales da pasos significativos y relaciona la espiritualidad como dimensión indispensable de todo trabajo.

Al cumplirse los noventa años de la « Rerum novarum », Juan Pablo II dedica la encíclica « Laborem exercens »  al trabajo, como bien fundamental para la persona, factor primario de la actividad económica y clave de toda la cuestión social. La « Laborem exercens » delinea una espiri- tualidad y una ética del trabajo, en el contexto de una profunda reflexión teológica y filosófica. El trabajo debe ser entendido no sólo en sentido objetivo y material; es necesario también tener en cuenta su dimensión subjetiva, en cuanto actividad que es siempre expresión de la persona. Además de ser un paradigma decisivo de la vida social, el trabajo tiene la dignidad propia de un ámbito en el que debe realizarse la vocación natural y sobrenatural de la persona.[8]

En la encíclica “Centesimus annus”, el trabajo se enmarca en un listado de derechos del ser humano que juntos buscan lograr armonía con toda la creación y el uso de los recursos naturales, así como la dignificación plena del hombre.

 Las enseñanzas de Juan XXIII, del Concilio Vaticano II, de Pablo VI  han ofrecido am- plias indicaciones acerca de la concepción de los derechos humanos delineada por el Magisterio. Juan Pablo II ha trazado una lista de ellos en la encíclica « Centesimus annus »: « El derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de la madre después de haber sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad; el derecho a participar en el trabajo para valorar los bienes de la tierra y recabar del mismo el sustento propio y de los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad. Fuente y síntesis de estos derechos es, en cierto sentido, la libertad religiosa, en- tendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona ».[9]

Todo trabajo y remuneración económica tienen un fin.  La familia al ser fundamental para la sociedad, debe tener primacía y cuido primordial.

La familia constituye uno de los puntos de referencia más importantes, según los cuales debe formarse el orden socio-ético del trabajo humano ».  Esta relación hunde sus raíces en la conexión que existe entre la persona y su derecho a poseer el fruto de su trabajo y atañe no sólo a la persona como individuo, sino también como miembro de una familia, entendida como « sociedad doméstica.[10]

En el capítulo VI, la Doctrina Social de la Iglesia, hace énfasis en la relación y elevación del trabajo a una dimensión que coopera en unión con Jesús en la misión redentora, a sabiendas de libertad y dignidad en el mismo.

El trabajo representa una dimensión fundamental de la existencia humana no sólo como participación en la obra de la creación, sino también de la redención. Quien soporta la penosa fatiga del trabajo en unión con Jesús coopera, en cierto sentido, con el Hijo de Dios en su obra redentora y se muestra como discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a cumplir. Desde esta perspectiva, el trabajo puede ser considerado como un medio de santificación y una animación de las realidades terrenas en el Espíritu de Cristo.  El trabajo, así presentado, es expresión de la plena humanidad del hombre, en su condición histórica y en su orientación escatológica: su acción libre y responsable muestra su íntima relación con el Creador y su potencial creativo, mientras combate día a día la deformación del pecado, también al ganarse el pan con el sudor de su frente.[11]

Al reconocer que el trabajo no acaba en sí mismo como actividad desligada de la realidad del hombre, entonces podemos afirmar que lo más valioso del mercado libre, no es el producto sino las personas que hacen posible el dinamismo económico.

El mundo del trabajo, en efecto, está descubriendo cada vez más que el valor del « capital humano » reside en los conocimientos de los trabajadores, en su disponibilidad a establecer relaciones, en la creatividad, en el carácter emprendedor de sí mismos, en la capacidad de afrontar conscientemente lo nuevo, de trabajar juntos y de saber perseguir objetivos comunes. Se trata de cualidades genuinamente personales, que pertenecen al sujeto del trabajo más que a los aspectos objetivos, técnicos u operativos del trabajo mismo. Todo esto conlleva un cambio de perspectiva en las relaciones entre trabajo y capital: se puede afirmar que, a diferencia de cuanto sucedía en la antigua organización del trabajo, donde el sujeto acababa por equipararse al objeto, a la máquina, hoy, en cambio, la dimensión subjetiva del trabajo tiende a ser más decisiva e importante que la objetiva.[12]

Reconocer la importancia del capital humano y el papel fundamental en la sociedad y economía, debe ser un punto de reflexión para las empresas.  El fin último no es lograr excesos de ganancia sino generar bienestar para aquellos que hacen capaces mover la maquinaria empresarial.

El objetivo de la empresa se debe llevar a cabo en términos y con criterios económicos, pero sin descuidar los valores auténticos que permiten el desarrollo concreto de la persona y de la sociedad. En esta visión personalista y comunitaria, « la empresa no puede considerarse únicamente como una “sociedad de capitales”; es, al mismo tiempo, una “sociedad de personas”, en la que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades específicas los que aportan el capital necesario para su actividad y los que colaboran con su trabajo ».[13]

El estado juega un papel fundamental en el fortalecimiento de toda iniciativa de las empresas que apuesten por invertir en sus trabajadores aún en circunstancias de crisis.

El Estado tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene, además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia en situaciones excepcionales ».[14]

Para finalizar con los documentos de la Doctrina Social de la Iglesia, todo indica que el trabajo tiene como posibilidad ofrecer al hombre y mujer creyente la oportunidad de vivir los valores cristianos en su ambiente laboral.

Es tarea propia del fiel laico anunciar el Evangelio con el testimonio de una vida ejemplar, en- raizada en Cristo y vivida en las realidades temporales: la familia; el compromiso profesional en el ámbito del trabajo, de la cultura, de la ciencia y de la investigación; el ejercicio de las responsabilidades sociales, económicas, políticas. Todas las realidades humanas seculares, personales y sociales, ambientes y situaciones históricas, estructuras e instituciones, son el lugar propio del vivir y actuar de los cristianos laicos. Estas realidades son destinatarias del amor de Dios; el compromiso de los fieles laicos debe corresponder a esta visión y cualificarse como expresión de la caridad evangélica: « El ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial.[15]

Marciano Vidal presenta su consideración en tanto la actividad económica se relaciona con la moral.

Las leyes que reglamentan la actividad económica tiene plena autonomía.  En relación con la moral, gozan de neutralidad.  La ciencia de la economía es neutra en lo que se refiere a la ética.  el mundo de la economía es un universo que se organiza automáticamente en vista a la consecución de finalidades inmanente a su orden de la realidad humana.  Lo que en principio se le pide al conocimiento científico-técnico de la economía no es su adecuación al orden moral, sino la consecución de los fines estrictamente económicos: la combinación óptima de los medios para lograr la “maximización” de los recursos existentes.  Esta ley básica de la economía escapa, en cuanto positiva, al control de la ética.  Es una ley autónoma.[16]

La Organización Internacional del Trabajo destaca que el fin último de su función es normar la economía globalizada en función del ser humano.

Desde 1919, la Organización Internacional del Trabajo ha mantenido y desarrollado un sistema de normas internacionales del trabajo que tiene por objetivo la promoción de oportunidades para hombres y mujeres, con el fin de que éstos consigan trabajos decentes y productivos, en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad. En la economía globalizada de la actualidad, las normas internacionales del trabajo constituyen un componente esencial del marco internacional para garantizar que el crecimiento de la economía global sea beneficioso para todos.[17]

El Banco Mundial se pronuncia al respecto de la misión del capital y su relación con los pobres en su búsqueda de igualdad.

Aun cuando la pobreza disminuye en sentido general, pueden aparecer aumentos regionales o sectoriales sobre los cuales la sociedad tiene que actuar. Durante todo el siglo pasado, las fuerzas de la globalización desempeñaron su función entre aquellas que contribuyeron al enorme mejoramiento del bienestar humano, lo que incluye haber sacado de la pobreza a millones de personas. En su avance, estas fuerzas tienen la posibilidad de continuar proporcionando grandes beneficios a los pobres, pero el éxito seguirá dependiendo fundamentalmente de factores como la calidad de las políticas macroeconómicas generales, el funcionamiento de las instituciones –tanto en su carácter formal como informal– la actual estructura de activos, y los recursos disponibles, entre otros muchos factores. Para poder lograr aproximaciones justas y factibles a estas necesidades reales muy humanas, los gobiernos deben escuchar la voz de todos los ciudadanos.[18]

Ante lo expuesto por el Banco Mundial, la Revista on line Mirada Global demuestra que la combinación de capital con equidad no siempre tiene frutos buenos.

El endeudamiento excesivo generalizado de los agentes privados (hogares, empresas, bancos) provoca crisis financiera, con fases sucesivas que acaban castigando más duramente a los más débiles. Para que ello no ocurra, conviene evitar que los bancos centrales realicen políticas monetarias muy expansivas, que faciliten que los bancos concedan mucho crédito y barato, haciendo posible que hogares y empresas, en una cultura consumista, se endeuden por encima de sus posibilidades.[19]

En la línea de Mirada Global, Jo Su Mung presenta un argumento desde el cual debe entenderse el trabajo transnacional de las empresas.

Al privilegiar las relaciones internacionales, por tratarse de un problema internacional, no queremos menospreciar ni colocar en segundo plano el problema de la explotación y dominación del capitalismo en el plano nacional.  Entendemos que estos dos niveles de explotación capitalista hacen parte de una misma totalidad.  No obstante, los límites de nuestro estudio nos obligan a dejar a un lado las cuestiones específicas de las contradicciones del capitalismo en el nivel nacional interno y trabajar, prioritariamente, con el nivel internacional de esta totalidad.[20]

Aquí entra en juego el salario, el sueldo, el pago, la quincena, etc, de cualquier forma que queramos llamarle y en la forma en que se presente, la relación es la misma; el pago es la forma en que el trabajador se dispone a disfrutar de la vida, y en esa lucha, los trabajadores “explotados” están dispuesto a sufrir y a dejarse denigrar con tal de obtener momentos placenteros fuera del horario laboral.  Arendt señala que la felicidad elemental de estar vivo es arruinada por “el agotamiento que va seguido por la desgracia, y una vida sin esfuerzo alguno, donde el aburrimiento toma el lugar del agotamiento donde los molinos de la necesidad, del consumo y de la digestión trituran despiadadamente hasta la muerte un cuerpo humano impotente”.[21]  En ese orden de ideas, el lugar de trabajo desmedido y despiadado se convierte en el espacio humano temporal en el cual se degrada al ser humano y se le coloca en el mismo nivel de una máquina expendedora de jugos y galletas.  En tal relación prima la máxima, “si no sirve, estorba, y si estorba, se elimina”.  Llegamos a la conclusión de ser privilegiados si somos explotados, y aquellos que no, son desafortunados.  ¿Habrá fortuna alguna en vivir explotado?

No se puede entender al ser humano en su individualidad.  De ser así, sería imposible comprenderle pues no habría quién relacionalmente describiera la diferencia pertinente.  Por lo tanto el término “familia humana[22]  nos lanza a pensar en el mundo entero que tiene como fin último salir de la individualidad.

En esa consolidación la búsqueda de la condición humana no puede aislarse del término religioso que busca el reconocimiento de la semejanza con Dios, que siempre está invitada a ir más allá de las propias limitaciones y disponerse a un “trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad”.[23]

El esfuerzo dinámico-histórico de la “dignidad humana, la unión fraterna y la libertad[24] tienen una tarea especial dentro de los valores que urgen en las relaciones sociales para que dejen fuera el sistema de exclusión individual que separa y divide al ser humano en contra de su voluntad.

Todos estamos invitados a buscar la realización social y política que ofrezca una nueva forma de convivir con los demás.  ¡Una nueva forma de ser humano es posible!

Monseñor Romero, Arzobispo asesinado en El Salvador el 24 de marzo de 1980, dijo en una ocasión “hay que cambiar de raíz todo el sistema”.  Parece demasiado radical tal afirmación pero puede ser un punto de partida para algo que vaya más allá de “maquillar” el sistema que sigue ofreciendo resultados extraordinarios en detrimento de los seres humanos ordinarios.

Basta que demos un análisis somero de la crisis que está sufriendo la eurozona, en la cual tras la caída de la banca privada, las medidas de austeridad buscan apretar el bolsillo de los ciudadanos con tal de salvar el sistema bancario.  Grecia parece ser la que nos ha demostrado que en nada interesan los ciudadanos y que lo más importante es el capital y la solvencia económica que tengan los bancos.

Tal escenario no puede sino producir relaciones humanas que sean deprimentes y enajenadas.  Los trabajadores son todo menos felices.  Los empleados hacen de todo menos hacer respetar su dignidad.  Los contratados solucionan todo menos sus problemas personales.  Los explotados son números que sirven a otros números, no son nombres y apellidos que se relacionan con otros.

Todo tendría que ser al contrario.  Todos deberíamos de esforzarnos por tratar y ser tratados como seres humanos con dignidad sin importar la actividad que represente nuestra función social frente a los demás.  Y con mucha más razón, tal dignidad tendría que ser vista desde la justicia que todos merecemos relacionarnos con el otro completa y abiertamente por el hecho de considerarnos merecedores de todo el bienestar que produce nuestra humanidad representada en la ciencia, tecnología, progreso, mercado y políticos.

Si nuestras relaciones humanas están mediadas por categorías impuestas que nos condenan a hacernos daño unos a otros, entonces la humanidad nueva es necesaria más que nunca.

© Francisco Díaz

*Trabajo realizado para la clase de Teología de la Acción Analítica, Pontifica Universidad Javeriana, Bogotá.  Noviembre de 2013.

*Imagen tomada de internet


[1] La perícopa de Lc 10, 7, se enmarca dentro de la Misión de los sesenta y dos discípulos en la cual Jesús los envía a ser precursores de una buena nueva en medio del pueblo pagano.

[2] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 10.

[3] Ibid., 13.

[4] Ibid., 27.

[5] Ibid., 34.

[6] Ibid.

[7] Ibid., 35.

[8] Ibid., 38.

[9] Ibid., 50.

[10] Ibid., 76.

[11] Ibid., 79.

[12] Ibid., 83.

[13] Ibid., 99.

[14] Ibid., 102.

[15] Ibid., 150.

[16] Vidal, Marciano.  Moral de atitudes, 282.

[17] Organización Internacional del Trabajo.  “Introducción a las normas.”  http://www.ilo.org/global/standards/introduction-to-international-labour-standards/lang–es/index.htm#P2_866  (consultado el 18 de noviembre de 2013).

[18] Banco Mundial.  “¿Qué es la globalización?”.  (abril del 2000), http://www.bancomundial.org/temas/globalizacion/cuestiones1.htm (consultado el 17 de noviembre).

[19] Mirada Global.  Revista on-line desde Latinoamérica. “Crisis desde la Eurozona”. http://www.miradaglobal.com/index.php (consultado el 17 de noviembre de 2013).

[20] Mo Sung, Jung.  La idolatría del capital y la muerte de los pobres, 19.

[21] Hannah Arendt, De la historia de la acción, 96.

[22] Constitución pastoral, Gaudium et spes, # 33.

[23] Ibid., # 34.

[24] Ibid., # 39.

Bibliografía

  • Compendio de la doctrina social de la Iglesia. Cáritas Diocesana de Servilla, http://www.caritas-sevilla.org/documents/compediondsi.pdf (consultado el 12 de octubre de 2013).
  • Vidal, Marciano.  Moral de atitudes.  Santuario, Aparecida (Sao Paulo), 1986 (3ª. ed.) vol. III.
  • Mo Sung, Jung.  La idolatría del capital y la muerte de los pobres. Costa Rica: D.E.I., 1991.
  • Constitución pastoral, Gaudium et spes.
  • Hannah Arendt, De la historia de la acción, Paidos: 1995.

Páginas Web

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Opinión y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

¡Gracias por dejar tu comentario!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.