No soy fascista ni revolucionario, ¡soy un ser humano!

 

El llamado de todo ciudadano de buena voluntad respecto a los hechos trágicos ocurridos en Venezuela, debe ser el de un legítimo grito de:  

¡No más violencia!

No más violencia pues como región estamos cansados de los abusos de autoridad de quienes tienen el entrenamiento táctico que desgraciadamente es usado para reprimir y golpear a sus mismos hermanos, que en otras circunstancias, en vez de enemigos y lanzarles piedras o gas lacrimógeno, estrecharían las manos y sonreirían al reconocerse vecinos en el mismo barrio.

No queremos más estampas de dolor en las cuales sean los mismos grupos sociales los “utilizados” como “carne de cañón” para intereses partidarios.  En este sentido unos apoyan “interesadamente” a sus jefes, pues de eso depende “el pan nuestro de cada día”.  Y en el caso de los que están “del otro lado”, saben que no tienen un espacio en tal estructura y por ello, para llevar el pan a la mesa, necesitan rendirse ante intereses ocultos.

Si pensar en integración de toda la región es algo pendiente, con mucha más razón emerge la necesidad de construir cada vez más un proyecto de país en el cual la visión partidista se haga a un lado y surjan los intereses nacionales como prioridad.  Si seguimos pensando en “izquierdas” y “derechas”, en “fascistas” y “revolucionarios”, el diálogo dejará de ser una opción y la confrontación brotará natural y enérgicamente al tener un color distinto frente a nosotros.

Nuestro lenguaje debe cambiar.  No se trata de llamar “traidor” a uno y “fascista” a otro.  En el caso de Venezuela, así como pueden decirse maravillas del partido de gobierno, de la misma forma se tendrá que ejercer la crítica y cuestionamiento necesario ante el ejercicio del poder.  Y así como en algún momento se puede abanderar algún reclamo justo de las protestas que se han desatado en estos días, de la misma forma se tendrá que pedir razones válidas para salir a las calles, pues ninguna acción popular debe partir de la simple emoción fruto de la irracionalidad promovida en claro beneficio de un grupo.

El precio que se paga en tales confrontaciones es demasiado alto: hermanos asesinados, de un bando o de otro, ya sea por disparos certeros o aquellos hechos sin tener un objetivo claro.  Sea la razón que fuere, ningún reclamo por más justo que sea o la legítima defensa de un proyecto de gobierno merece el sacrificio de una vida.

Como país y región debemos entender que es necesario solucionar las dificultades de otra forma.  Que existen posibilidades diversas antes de salir a las calles.  Que reprimir una manifestación con disparos y gas lacrimógeno requiere de inteligencia y logística que bien podría ser usada para canalizar de buena manera el reclamo del sector inconforme.

En esta apuesta todos tenemos responsabilidad.  Detener la violencia y dejar de provocarla es una opción válida.

Ojalá que superemos como región las dificultades y que podamos entendernos en medio de nuestras diferencias.  Bueno es que decidamos dejar en el pasado la época en que pensar distinto nos hacia enemigos.

Recordemos que al final del día, tanto “fascistas” como “revolucionarios”, somos lo mismo, ¡seres humanos!

© Francisco Díaz

Imagen tomada de internet

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