Era un juego

Algunos piensan que el fútbol sigue siendo mero entretenimiento familiar. A juzgar por la demostración irracional de actitudes violentas en las cuales perdió la vida uno de nuestros jóvenes, para muchos el fútbol dejó de ser un juego sano y se convirtió en la excusa perfecta para canalizar de forma estúpida las frustraciones diarias.

Lo único que recuerdo de mi infancia es a dos adultos que decían ser papá y mamá.  Las peleas y gritos eran costumbre hasta que uno abandonó el hogar.  Mi madre me reprochó toda la vida que le recordaba al que una vez fue hombre en la cama pero cobarde fuera de ella.  ¡Perdedores ellos!  No soportaron vivir juntos y hacerse cargo de sus hijos.

En cada partido me siento en familia.  Todos coreando al unísono y vestidos del mismo color me da la sensación de tener muchos hermanos.  Entre ellos me siento importante.

Mi matrimonio.  Ella me necesitaba y yo sentí que debía proteger la nueva vida traída al mundo.  Pero por mis borracheras, ella se fue con otro que ocupó mi lugar de padre.  Así perdí a mi hijo.  No sé qué significa ser amado por alguien y no he experimentado la sensación de cuidar a alguien.   Nadie me necesita y ninguno pregunta por mí.

Esos 90 minutos no son un simple juego.  No se trata de mero entretenimiento en donde podemos calmarnos con la imbécil frase de “todos somos ganadores”.  ¡Es que no entienden!  Se trata de ganar.  De elevar mi color por encima de los demás con orgullo y fuerza.  Poco importa lo que suceda.  Lo único que vale es la sensación de sentirme ganador aunque sea por una maldita vez en la vida.

En el trabajo, el jefe me trata como basura.  No tengo autorización ni de ir al baño.  Ayer despidieron a tres por llegar tarde y en 15 minutos sus puestos estaban nuevamente ocupados pues hay más de cien personas esperando que despidan a otro, esperando que me despidan a mí.

En cambio, con ellos, con mi barra, me siento útil.  Si necesitan algo, mis amigos saben que cuentan conmigo.  Con un par de tragos encima, la unidad que experimentamos como aficionados hace que me sienta querido y respetado.

La mayoría de los que estamos en la maquila no terminamos el bachillerato.  Muchos dejaron sus estudios por tener que trabajar y otros por el miedo de ser asesinados por los mareros.  Nuestra mirada siempre anda en los suelos pues nos reconocemos fracasados unos a otros.

Por tales razones, esta vez, no puedo perder.  Pero terminó el partido y ellos, los malditos, ganaron y están contentos.

Y nuevamente, una vez más, me siento perdedor. ¡No puede ser!  ¡No ahora!  ¡No hoy! Entonces veo el rostro de mi jefe burlándose.  Oigo los gritos de mi padre fracasado y las risas de mis gobernantes corruptos que les agrada aplaudir mi desesperanza.  Como un azote recuerdo las palabras de mi profesor que me decía “bueno para nada”.

Siento que despierto y veo el color de mi enemigo.  Por dentro me desgarro y el fuego me come las entrañas.  Mi boca pronuncia palabras ininteligibles.  Nadie me entiende y no entiendo a nadie.  Veo al otro, culpable de sentirme nuevamente perdedor.  Entonces fruto de la estúpida euforia y la necesidad de canalizar mis frustraciones diarias, me abandona mi humanidad y me convierto en animal que corre de un lado a otro como bestia sedienta de sangre.

Estoy en mi casa y veo en las noticias que murió uno de mis enemigos.  Una sensación extraña invade mi cuerpo al ver el dolor de una madre.  No soy ganador ni perdedor.  Soy un asesino.

© Francisco Díaz

Columna publicada en Plaza Pública

Imagen tomada de internet

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