El mundo al revés

¿Y si un día los niños nos pidieran explicaciones por nuestros errores? Ellos tienen todo el derecho a preguntarnos pues afecta su futuro, y nosotros estaríamos obligados a responderles pues afecta nuestro presente.

Sería interesante despertar un día y darnos cuenta que las relaciones de poder han sido invertidas.

Levantarnos y escuchar esas voces infantiles preguntando por todo lo que hacemos, pero sobre todo por aquello que no hacemos.  Sentarnos a la mesa y ante esa mirada transparente tratar de explicar las razones que nos han llevado con frecuencia a equivocarnos una y otra vez.  Ellos, nuestros niños, escucharían con atención nuestras respuestas válidas o no y tratarían de comprender el presente con preocupación y se visualizarían en el futuro con temor.

Imaginemos que por 24 horas aquellos que siempre callamos y cuyos comentarios a veces ignoramos, ejercieran la autoridad para cuestionarnos.

Que sin darnos cuenta, un niño esté reclamando a su papá el derroche del sueldo en cerveza cuando en el hogar falta pan sobre la mesa.  Que sin previo aviso, los hijos de un matrimonio se reúnan y posterior a la sesión privada llamen a sus padres y pongan en discusión el tema de la infidelidad de uno de ellos.  Que un estudiante pueda decirle a un profesor que sus clases son una pérdida de tiempo y que no compensa en nada el esfuerzo que ellos hacen por asistir puntuales.  Que un grupo de jóvenes de un barrio le explique a los candidatos de tal o cual partido que sus propuestas son simples “espectáculos” y que a la larga no solucionan nada. 

En ese mundo al revés, los niños nos exigirían un país en el cual puedan crecer en paz y tranquilidad sin temor a ser asesinados o extorsionados.  Que enfermarse no se transforme en tragedia familiar y que pedir educación de calidad no sea visto como un privilegio.  

¿Qué pasaría en ese mundo al revés?

Seguro responderíamos que no es nuestra culpa, pues el presupuesto asignado para medicinas nunca alcanza y que los maestros por más preparados que sean son derrotados desde el inicio por la sobrepoblación estudiantil. 

En ese mundo al revés les pediríamos paciencia y comprensión.  Les explicaríamos que los cambios no son inmediatos y que necesitamos tiempo.  Que por ser seres humanos, es normal cometer errores y que lo más importante es aprender de las caídas.  Que la corrupción, infidelidades, abusos de autoridad y decisiones arbitrarias son parte del dinamismo de la vida y que no habría que esperar que todo fuera perfecto.  Y con certeza terminaríamos nuestras justificaciones con el acostumbrado, “no lo vuelvo a hacer”.

En ese mundo al revés, los niños nos verían con ojos de misericordia  y nos harían saber que nosotros, los adultos, nos quejamos de todo, que nunca somos responsables de nada y siempre culpamos al otro. 

Pero el mundo al revés es una fantasía y se impone el mundo real en el cual la ineptitud, corrupción e inequidad es normal en nuestro día a día. 

Nuestros niños y niñas crecen sin tener claridad del tipo de país que les estamos dejando.  Ellos, a los que muchas veces nombramos “el futuro del país”, no imaginan que tendrán que invertir toda su energía en solucionar los conflictos de una sociedad que no pudo crear un ambiente de paz y armonía.

Ojalá despertemos un día y les expliquemos a nuestros niños los errores que estamos cometiendo para que se preparen y entiendan el futuro que les espera.

© Francisco Díaz

Columna publicada en Plaza Pública

Imagen tomada de internet

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