El día que me asesinaron

La violencia tiene rostros concretos. Las estadísticas corren el peligro de ser coloridas por las cifras que ahogan los gritos y estampas de dolor de cientos de familias que piden un poco de alivio en una sociedad que parece destinada a su autodestrucción.

Soy Pedro, y el día que me asesinaron el viento fresco golpeó mi sangre y el sol descubrió su color rojizo a ciudadanos insensibles cegados por la costumbre remendada a su inconsciente de aceptar que uno no es ninguno entre los más de 13 homicidios diarios que desborda emocionalmente y prohíbe la reacción de todo hombre y mujer decente que alguna vez quiso vivir en un país sin miedo.

No recuerdo cuántas veces vi por televisión el cuerpo tendido de uno de ellos, hermanos, hijos, padres o madres que al ser reconocidos por sus familiares y amigos, producían escenas de dolor mezcladas con lágrimas salidas del corazón.

Ahora que estoy inhalando los últimos sorbos de oxígeno que mal recibe mi pulmón perforado por un objeto punzocortante, imagino que mis primos se enterarán de mi muerte en el “ultima hora” del noticiero al medio día. Ojalá que la policía busque en mi bolsa derecha mi cédula de identidad y diga mi nombre completo, pues con seguridad no mostrarán mi rostro explícito sino que deformarán el plano general de mi cuerpo tendido en el suelo cubierto con una sábana blanca.

¡No! ¡Mejor no! Que no vean las noticias. Que no les avisen que me mataron. Que mis hijos no se enteren que no podré abrazarlos y jugar con ellos en el patio de la casa. Que no le avisen a mi esposa que nunca más podré cantarle con mi guitarra aquella melodía con la cual la enamoré en nuestra primera cita. Que mi madre no se entere que mi sangre, su sangre, se mezcló con basura, y que mi cuerpo tan protegido de pequeño inicia el proceso de descomposición y putrefacción. Pero si ellos no vienen, entonces, ¿quién reconocerá mi rostro? ¿Quién reclamará mi cuerpo?

Abrí los ojos y veo botas. Trato de explicarle a los policías que tengo que llamar a mi esposa y decirle que no podré recoger a los niños del colegio, pero de mis labios pegados al piso sólo salen sonidos ininteligibles. Hago el esfuerzo de gritarle a los bomberos que me hagan el favor de avisarle a mis amigos que no podré acompañarles el fin de semana al paseo, que dejé los chicharrones y el frijol que me tocaba llevar en la nevera, pero parece que no me entienden ni una sola palabra. La angustia aparece. Intento levantarme pero con todas mis fuerzas no logro sino mover un brazo. Mis pensamientos ahora rondan tratando de buscar quién podría prestarle dinero a mi familia para comprar mi ataúd. Seguro llegarán mis vecinos y entonces habrá que ofrecerles pan, café y algún tamalito. ¿Y la quincena? ¡Desgraciados! ¡Malditos sean! Además de robarme me mataron.

Cierro los ojos y trato de imaginar que todo es una pesadilla producto de un mal sueño creado por las muchas veces que pensé podría sucederme lo que siempre traté de evitar.  Al principio era no llevar reloj o mi celular notablemente visible. Después se trataba de no pasar por algunas calles a ciertas horas. Con el pago de quincena pensamos que si nos veían en grupo los ladrones no se atreverían a robarnos. Todo eso lo hice y había funcionado hasta hoy.

Siento que los segundos han sido años en los cuales confirmo que vivir es un derecho y que la inseguridad decide su fecha de caducidad.

Soy Pedro, y además de robarme la quincena, me arrebataron la vida.

© Francisco Díaz

Columna publicada en Plaza Pública

Imagen tomada de internet

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