Restaurados

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El 27 de septiembre de 1540[1], aparecimos en el mundo con el entusiasmo propio del niño curioso. Nuestros primeros pasos nos llevaron a propagar la fe en nuestras predicaciones con el tesoro espiritual más valioso que aún conservamos: Los Ejercicios Espirituales. Las obras de caridad y la educación han sido espacios privilegiados que nos permitieron rondar los pensamientos de aquel necesitado de abrigo y conocimiento. Al final, nos dimos cuenta que todo era un medio para conversar y dar espacio a la amistad.

Pronunciamos las primeras palabras y formulamos nuestra obediencia como la garante de ir hacia aquellos lugares y llegar a esas personas que nadie quiere. Disponer nuestra voluntad y pedir únicamente la gracia de nuestro Señor, parecía ser la semilla perfecta de la grandeza.

Abrimos los ojos y nos dimos cuenta que cuando todos intentaban destacar por sus propias fuerzas, nosotros nos arriesgamos a trabajar como amigos en el Señor buscando su Mayor Gloria. Nos caímos algunas veces, pero nos levantamos para ejercitarnos en la caridad, y al vivir esa experiencia, supimos que teníamos que comunicar nuestras alegrías a nuestros prójimos.

Pasaron los años y al preguntarnos por nuestra misión, nos percatamos que eran muchos los que se disponían a servir a nuestro Señor en la Compañía. Nos pareció oportuno tener largas y diligentísimas probaciones para que en la vida de todo candidato quedara en evidencia su ser prudente, instruido y dignidad en su vida cristiana.

Así marchamos en el mundo. Nos llamaron “Jesuitas” y aparecimos en la historia de cientos de corazones.

Una tarde gris, el 21 de julio de 1773[2], ellos, que conocían nuestras fortalezas y debilidades, consideraron que nuestras raíces murieron. Nos escribieron para decirnos que nos habíamos marchitado, que no era posible que nuestros frutos fueran abundantísimos y grandísimos, y por lo tanto, ya no éramos útiles. Fuimos suprimidos y extinguidos. Nos ordenaron obedecer. Nos prohibieron con “amor paternal” seguir siendo amigos, ¡vaya contradicción!

Nos expulsaron de nuestras casas. Nos arrancaron de nuestras misiones. Nos alejaron de nuestros seres queridos. Nuestros sueños se transformaron en pesadillas e incertidumbre. ¿Cuántos perderán la vida en el destierro? ¿Volveremos? ¿Pasaré los años que quedan en el exilio?

Ordenaron apartarnos de los salones de clase. Los alumnos debían conseguir nuevos colegios y profesores, pues nosotros sólo servíamos para sembrar discusión y desobediencia. Quemaron nuestros libros y “derogaron” el privilegio que teníamos de leer libros “herejes y prohibidos”.

Procuraron dejar en el olvido nuestras ideas, pues los libros escritos por los que fueron de la Compañía de nada servían.

Declararon que nunca jamás nuestra supresión podría ser cuestionada, revocada o declarada inválida.

La noche cayó y nuestras voces se perdieron en el mar. Cumplimos años en diferentes puertos. Abrazamos el viento y gritamos las buenas noches a nuestros hermanos y padres.

Pero un día dejamos de sentirnos indeseables. El sol destrozó las tinieblas y el mar eterno atracó en nuestro puerto.

Ese día, el 7 de agosto de 1814[3], nos permitieron vivir nuestra vocación. Poco importó presentarnos con nuestra sotana rasgada y libros rotos, pues posterior al “consenso de los oriundos del lugar” pudimos escuchar confesiones y retornar a los salones de clase para instruir a la juventud en las “letras y ciencia”.

Pudimos nuevamente, después de muchos años, transitar las calles de pueblos y ciudades confiando en aquel que nos convocó a vivir en compañía, en la Compañía de Jesús. Y cual contradicción histórica, ahora reconocían nuestros “frutos fértiles”, razón por la cual veían necesario “restaurar” la misma Compañía de Jesús, cuyos miembros fueran colocados en la barca de Pedro como “remeros expertos y valerosos, los cuales se ofrecen a romper las olas del piélago, que en cada momento nos amenazan con el naufragio y la ruina”.

200 años han pasado de nuestra restauración.  200 años en que los Jesuitas de todo el mundo hemos dedicado unos minutos de nuestros días para recordar nuestra historia, celebrar el presente y prepararnos para el futuro, pues estamos listos para reconocer nuestros errores y gloriarnos de nuestras grandezas.

El futuro, dulce amigo incierto de nuestra vocación, nos pide agradecer el panorama luminoso y esperanzador que se visualiza en el horizonte. Y con esa misma energía, si de venir una nueva supresión se trata, preparadas están nuestras maletas para obedecer como una vez lo hicimos, para ser fieles entre infieles, para hablar sin que nadie nos escuche, para ser pacientes en el infortunio, para seguir siendo misioneros aunque nadie nos reciba, para ser Amigos en el Señor, pues aunque desaparezcan nuestras fuerzas, Dios, que nos ha invitado a desearlo y ofrecerlo, nos ayudará en nuestros momentos de debilidad con “la abundancia de su gracia[4]”.

Los Jesuitas nos reconocemos pecadores, llamados a ser Compañeros de Jesús, como lo fue San Ignacio[5]. Formulamos nuestros desafíos para la misión hoy de la siguiente manera[6]:

En este nuevo mundo de comunicación inmediata y de tecnología digital,
de mercados globales , y de aspiraciones universales de paz y bienestar,
nos enfrentamos a tensiones y paradojas crecientes

vivimos en una cultura que privilegia la autonomía y el presente
y sin embargo el mundo tiene una gran necesidad de construir un futuro en solidaridad;

contamos con mejores medios de comunicación
pero experimentamos a menudo la soledad y la exclusión;

algunos se benefician enormemente,
mientras otros son marginados y excluidos;

nuestro mundo es cada vez más transnacional,
y sin embargo necesita afirmar y proteger sus identidades locales y particulares;

nuestro conocimiento científico se acerca
a los más profundos misterios de la vida,
y sin embargo la propia dignidad de la vida
y el mismo mundo en que vivimos
continúan amenazadas .

En este mundo global, marcado por tan profundos cambios
queremos profundizar ahora nuestra comprensión de
la llamada a servir la fe,
promover la justicia
y dialogar con la cultura y otras religiones
a la luz del mandato apostólico de establecer relaciones justas
con Dios, con los demás, y con la creación.

Para terminar, te invito querido amigo y amiga, a recitar junto a nosotros la oración de San Ignacio:

Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad,
todo mi haber y mi poseer.

Vos me lo disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro.
Disponed a toda vuestra voluntad.
Dadme vuestro y gracia,
que ésta me basta. 

Amén.

© Francisco Díaz

Imagen tomada de la web de la Universidad Javeriana

————————

[1] Jesuitas Aragón. “Regimini militantis Ecclesiae”. Paulo III, 27 de septiembre de 1540. Recuperado el 7 de agosto de 2014, de http://www.jesuitasaragon.es/documentos/formula1540.pdf

[2] Pontificia Universidad Javeriana. (2013, Mayo). Breve de supresión, Papa Clemente XIV. “Dominus ac Redemptor”. Roma, 21 de julio de 1773. Recuperado el 7 de agosto de 2014, de http://www.javeriana.edu.co/jhs/home/wp-content/uploads/2013/05/dominus-ac-redemptor-del-papa-clemente-XIV.pdf

[3] Pontificia Universidad Javeriana. (2013, Junio). Bula de restauración, PIO VII. “Sollicitudo Omnium Ecclesiarum”. Roma, 7 de agosto de 1814. Recuperado el 7 de agosto de 2014, de http://www.javeriana.edu.co/jhs/home/wp-content/uploads/2013/06/1814_AGOSTO_BULA_SOLLICITUDO_OMNIUM.pdf

[4] Vocaciones Jesuitas. (2007, 7 de octubre). Fórmula de los votos. Recuperado el 7 de agosto de 2014, de http://vocacionesjesuitas.blogspot.com/2007/10/los-votos-de-los-jesuitas.html

[5] Jesuitas México. Congregación General 34. Decreto 26: Modo nuestro de proceder. Recuperado el 7 de agosto de 2014, de http://www.sjmex.org/documentos/decreto26.pdf

[6] Curia Jesuita. Congregación General 35, 2008. Decreto 3: Desafíos para nuestra misión hoy, Enviados a las fronteras. Recuperado el 7 de agosto de 2014, de http://www.sjweb.info/mission/mission_home.cfm

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