La PAZ de todos

En diversos momentos la plática en torno a un tinto (café) ha sido acerca de los acuerdos de Paz en Colombia. Que si resultarán y será firmada de una vez por todas, o si nuevamente se frustrará el sueño de muchos de callar las armas.

Lo que nos parece tanto digno de pensar con seriedad, es que la PAZ tenga apellido y dueño. Poco importa quién la pone sobre la mesa, si bien es necesario que actores políticos la motiven, poco de ciudadano tendría aquel que quiera privatizarla, como aquel que quiera denigrarla. No se trata entonces de pensar que los acuerdos de Paz son necesarios porque una o dos personas así lo decidan. Nuestro actuar como ciudadanos tendría que ser la de exigir a todo nivel que nadie, ningún ser humano en Colombia, necesite explicar por qué es necesaria la paz, no sólo a nivel de país, sino en el día a día.

En la Apología de Sócrates, una de las ideas finales es tratar de pensar y reclamar el futuro que le queda o dejamos a nuestros hijos. Considero que nosotros tendríamos que pensar qué clase de futuro queremos que tengan nuestros hijos; si uno, donde sigamos pensando y negociando con la paz, o, uno, donde la paz sea tan necesaria que nadie dude de ello. Esto es interesante ampliarlo, pues no se trata sólo de exigir la paz firmada en acuerdos en la Habana, pues qué bonitos quedarían nuestros políticos al regresar con los convenios firmados, sabiendo que en nuestras ciudades la inseguridad y crimen organizado sigue haciendo de las suyas a inocentes. Entonces la paz no hay que reducirla a los acuerdos.

Pensemos en las protestas de los transportistas, en los sueldos mínimos de la mayoría y en los mega-sueldos de los políticos. Pensemos que, de nada sirve que se firme la paz si seguimos sin reconocer el dolor de tanta víctimas del conflicto armado. En el informe ¡Basta Ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad, preparado por el Grupo de Memoria Histórica en 2013, nos dice que entre 1958 y 2012, el conflicto armado ha causado la muerte de 218,094 personas. El 19% (40,787) fueron combatientes, el 81% (177,307) fueron civiles. ¿Quién les dice a estas víctimas que la paz ya se firmó? ¿Quién celebra con ellos los acuerdos y negociaciones?

Preguntarnos estas cosas urge, pues, acorde al concepto de democracia y participación política que nos plantea Araceli Mateos en su texto Ciudadanos y participación política, todos, absolutamente todos tendríamos que entrar en esa dinámica de perdón y reconciliación. Pero lejos de dialogar sobre avances, vemos con tristeza que el gobierno “seleccione”[1] un grupo de víctimas y que sean ellos los que única y exclusivamente, como representantes, sanen sus heridas y reciban peticiones de perdón de parte de los victimarios. ¿Y el resto de víctimas?  

En este sentido, según Mateos, la defensa que podamos hacer de la participación e inclusión ciudadana, tendría que llevarnos a pensar que así como nos hemos matado por más de 50 años en una guerra en la cual no hemos escatimado recursos económicos y humanos, de la misma forma tendríamos que tener la suficiente capacidad y valentía de sanar las heridas de todas las víctimas, una a una, y si en ese ejercicio de reconciliación nacional nos llevamos 10 o 40 años, ¡empecemos! pues el tiempo corre y tenemos demasiado trabajo.

Reconocer a cada una de las víctimas es devolver la dignidad no sólo de ciudadano, sino de ser humano. Esta es una de las acciones más nobles que podríamos realizar en Colombia. En cierto sentido, soñamos con que en Colombia se realice una Cruzada Nacional de Reconciliación, donde psicólogos de todas la universidades, al finalizar sus estudios, se dispongan a trabajar un año entero en pueblos donde se necesite de la fuerza intelectual del país. Que educadores, médicos, sacerdotes y demás, puedan tener como objetivo común: sanar las heridas del pasado. Si todos nos envolvemos en esta empresa de reconciliación, estoy seguro que dentro de 80 o más años, Colombia será un modelo para todos aquellos pueblos que aún no sanan sus heridas, o que no encuentran formas de reconstruirse socialmente y vivir como hermanos.

Ahora bien, es verdad que todos somos ciudadanos y tenemos la obligación de apostar por la paz y reconciliación, pero nuestra condición humana es contextual.  Los testimonios de los familiares, de personas inocentes asesinadas, nos recuerdan que todo proceso lleva tiempo, especialmente a la hora de perdonar. Por ello, en los tribunales de justicia restaurativa, las víctimas proclaman que no pueden perdonar, que no están preparadas, que posiblemente nunca lo harán.[2] Querer la paz es también respetar procesos. Querer la paz es reconocer que el dolor causado tarda tiempo en cerrar, que no sirve un decreto o firma para borrar de tajo las noches y angustia fijada por recordar una y otra vez la forma bestial en que asesinaron al ser querido.

Si queremos reconocernos como ciudadanos en democracia con nuestros gobernantes, entonces tenemos que problematizar nuestras soluciones, pues si es demasiado fácil y se logra por consenso de pocos, entonces las mayorías estarían condenadas a vivir fuera de las soluciones.

Urge escuchar las cientos de voces que aún están gritando sin que nadie les escuche, sane y reconcilie.

© Francisco Díaz

Imagen tomada de Internet

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[1] Noticias RCN. “Están listos los representantes de víctimas que viajarían a La Habana”. (Consultado el 29 de octubre de 2014).  http://www.noticiasrcn.com/nacional-pais/estan-listos-los-representantes-victimas-viajarian-habana

[2] El nuevo día. “Democracia y víctimas”. (Consultado el 29 de octubre de 2014). http://m.elnuevodia.com.co/nuevodia/opinion/columnistas/235816-democracia-y-victimas

Referencias

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Una respuesta a La PAZ de todos

  1. @darojas36 dijo:

    Un tema complejo, con muchas matices como lo explicas

    Me gusta

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