Amarse en el tiempo

boda

Mis papás el día de su boda. (12/12/81)

Fue una tarde de fiesta.  En el pueblo dos equipos femeninos jugaban un partido amistoso de baloncesto. Una de las jugadoras, del equipo visitante, sería la que Dios tenía preparada para que fuera mi madre. El árbitro del encuentro fijó su mirada en ella, y en la celebración seguida le declaró su amor y emergió así la futura promesa de ser su esposo y vivir juntos. 

Un 12 de diciembre de 1981 pronunciaron ¡Sí!

En el calor hogareño del Valle del Ensueño, nombre con el que mi abuelo Ricardo Díaz bautizó nuestro pueblo, crecimos con mis tres hermanos con la consigna heredada de “caminar siempre con la frente en alto y la mirada puesta en el horizonte”. 

Han pasado 33 años y en este maravilloso tiempo los hemos visto trabajar enseñando letras en el pueblo de los abuelos, caminar distancias nobles hacia las comunidades rurales para llevar el saber y sortear las sorpresas de la vida con entusiasmo y valentía.

Hoy, hijos, nueras y nieto, nos reunimos en torno a la mesa. Nuestra abuelita realiza la plegaría previo a disfrutar el tamal elaborado con la receta de antaño. El silencio invade nuestro corazón que quiere decir muchas palabras; que amamos a nuestros padres, que han sabido sobrellevar las dificultades e incertidumbres, que los retos de la vida los han hecho más fuertes y que las caídas y golpes se han sanado con sabiduría y consejo oportuno.

Sin que me vean levanto la mirada y me reconozco en los ojos de mi padre y bailo al compás del corazón de mi madre. Me pierdo en el parecido con mis hermanos y me alegro por sus esposas y por la vida nueva de mi sobrino y su hermanito en camino. Quiero gritar que los admiro y que a pesar de la distancia les doy las buenas noches con un suspiro, pero, otra vez, me quedo en silencio.

Termina la oración e inicia la conversación acerca de lo que hicimos durante el día; que los estudios son importantes, que los del trabajo fueron al convivio, que el tráfico demora el encuentro, que los colegas están invitando a cenar y que el próximo año haremos tal mejora en las ventas. Pareciera que acordamos expresar el amor a nuestros padres con nuestras acciones, con las decisiones que hemos tomado y con las actividades que estamos planeando. Es como si de pronto la mejor forma de felicitar a nuestros padres por su aniversario de bodas fueras que ellos mismos vean lo que somos y hacemos, y con la sabiduría de los años se alegren por nuestros éxitos y nos acompañen en los fracasos.

Entonces el silencio se convierte en nuestro cómplice invitándonos a dejar a un lado los discursos para vivir comprometidos en gastar nuestros años de manera digna y de caminar nuestras propias veredas con los mapas y rutas por ellos transitadas.

Queridos padres, que toda nuestra vida, con fortalezas y debilidades, sea la expresión clara y cotidiana de agradecerles por confiar en el amor y permitir encontrarnos hoy alrededor de la mesa.

Los amamos…

 © Francisco Díaz

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