Ya estuvo muchá

En mi escuela, ya sea por una mala mirada, por ser del equipo contrario, por esconderle los cuadernos o por querer presumir frente a las niñas de la clase, si uno agredía a otro era común que le soltara con furia y voz fuerte la siguiente frase: “ya vas a ver lo que te va a pasar”. Entonces los pasillos se convertían en escenario perfecto de intrigas y amenazas en el cual se formaban alianzas con uno para dañar al otro.

El reto, si se expresaba un miércoles, podía retrasarse un par de días pues los encargados de enfrentarse con los puños debían terminar primero las tareas y escabullirse de su casa sin que sus papas se dieran cuenta. Ambos rivales tras llegar a un acuerdo en el cual la comunicación era amena y cordial, fijaban el día y hora. Después de un par de patadas y manadas mal dadas, el más grande del grupo los separaba diciendo: “ya estuvo muchá”.

Sí. He de confesar que no era nada agradable ver a dos adolescentes golpearse, pero la emoción perversa de los momentos previos nos mantenía hablando del reto y apostando por quién pegaría más fuerte.

Pasaron los años y me doy cuenta que esa emoción infantil y perversa se ha justificado con argumentos malévolos. El lugar en el cual un bando se preparaba para ganarle a otro dejó de ser el pasillo angosto de mi escuela y se ha trasladado a fronteras y ciudades. Los golpes a mano limpia fueron sustituidos por bombas y disparos. Las excusas para querer dañar a otro, por más absurdas que sean, siguen siendo el accionar de operaciones militares que buscan además de eliminar al oponente, resarcir el daño u ofensa recibido.

Traigo los cientos de ejemplos de intolerancia a todo nivel: un padre que le propina una golpiza a su hijo por llegar tarde, un pandillero que asesina a su rival por invadir su territorio, un seguidor de cualquier equipo de futbol dispuesto incluso a matar si encuentra previo al partido a sus enemigos, un narcotraficante que tortura y asesina a cualquiera para dejar claro que ellos tienen el control, o integrantes de un grupo religioso que se convierten en homicidas.

Pienso en las razones que cultivaron el odio extremista hacia los caricaturistas del semanario francés Charlie Hebdo asesinados en Francia. ¿Quién le dijo a Nasir Al Wuhayshi, el cabecilla de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), que asesinando se hace justicia al profeta?

Hago un esfuerzo por buscar respuestas pero inmediatamente la letra de ‘La Marsellesa’ recién cantada en la Asamblea Nacional de Francia inunda mis oídos:

Aux armes citoyens
Formez vos bataillons
Marchons, marchons
Qu’un sang impur
Abreuve nos sillons 

¡A las armas, ciudadanos!
¡Formad vuestros batallones!
¡Marchemos, marchemos!
¡Que una sangre impura
inunde nuestros surcos!

En fin. Sea el argumento que sea, todos estos casos de agresión tienen el factor común de ser nosotros, seres humanos, los que creamos fronteras en vez de puentes, gritos en vez de diálogo y armas en vez de fraternidad.

Cuando era pequeño, al menos, había alguien con más fuerza que separaba la pelea.

© Francisco Díaz

Imagen tomada de internet

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