Ya, pero todavía no

Sigo enredado con las estadísticas del tercer informe de gobierno. ¿Será que presentaron el de otro país? 

Lo escuché por radio —el informe— y no pude creerle —al informe—. Me sentí obligado a cerrar los ojos, y la imaginación me alejó de la realidad a la que estoy atado. Me trasladé al que parecía otro país, pues tenía los mismos volcanes, pero otro paisaje; los mismos chapines, pero ahora gorditos y sonrientes; y las mismas tiendas, pero ahora sin guardias ni extorsiones.

Por obligación tuve que pensar en la frase del «ya, pero todavía no», pues la eterna primavera se difuminó por un momento.

El «ya, pero todavía no» me arrebató en un torbellino ideológico y por instantes me puso frente a una ruta en la cual debía bordear un cerro, aventurarme mar adentro y caminar en un barrio.

Así fue como en lo más alto de un cerro apareció puntual el Pacto Hambre Cero. Lo vi rodeado de planes de intervención y de protocolos de medición de otros países que le gritaban una y otra vez: «En un año lo que otros tardaron 15». Uno de ellos le preguntó cómo había disminuido la desnutrición crónica sin concentrar los programas sociales en áreas de mayor afinidad electoral al partido de gobierno. El Pacto Hambre Cero se levantó indignado y, con la mayor transparencia posible, le mostró sus encuestas de monitoreo. Los planes y los protocolos seguían gritando: «En un año lo que otros tardaron 15».

Cerré nuevamente los ojos, y las olas del mar refrescaron el ambiente húmedo. Apareció a lo lejos un volcán emergente. Entonces, las lanchas con turistas zarparon desde el puerto seguro. Fueron recibidos por los nuevos empleos, que les ofrecieron atol de elote, enchiladas y unos recuerditos típicos. El clima durante la compra fue agradable y las fotos del recuerdo sellaron el pago justo. Un muchacho de piel blanca y pelo canche le preguntó al conductor de la lancha: «¿Cómo hacen para tener una economía emergente sin violentar sus recursos naturales y su patrimonio histórico?». Con cierta amabilidad, pero sin ocultar su extrañeza ante tan absurda pregunta, el conductor le dijo que en Guatemala los pueblos originarios son respetados y que la distribución de la riqueza es equitativa.

Un viento fresco me hizo tomar conciencia del barrio en el que me encontraba. Calles coloridas y negocios abiertos. Los dueños de la tienda platicando con los vecinos y cerrando el día con cuentas exactas. Vi una patrulla de la Policía que realizaba su recorrido diario. Tras el saludo correspondiente, los agentes nos contaron que el día anterior habían reportado cero robos y homicidios. Nos alegramos con ellos y, al regresar con café y pan, vimos que estaban colaborando con una pareja de ancianos que pretendían cruzar la calle.

Terminó el discurso y abrí los ojos. En mis oídos seguían resonando los incontables «Guatemala está adelante». Que vamos adelante, pero lentos. Que vamos avanzando, pero atrás por poquito. Y, como seguía enredado en las cifras y estadísticas que justificaban el «ya, pero todavía no», me levanté y salí a la tienda de la esquina a respirar un poco de realidad.

Me contaron que habían asesinado al dueño de la tienda de la esquina por no pagar la extorsión y que por comprar piñas sobrevaloradas había sido destituido de su cargo el director del hospital San Juan de Dios. Me sentí en casa, en mi eterna primavera.

© Francisco Díaz

Columna publicada en Plaza Pública

Imagen tomada de internet

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