II Domingo de Cuaresma – Ciclo B (Marcos 9, 2-10)

II Domingo de Cuaresma – Ciclo B

(Marcos 9, 2-10)

 Éste es mi Hijo, el Amado, oídle
οὗτός ἐστιν ὁ υἱός μου ὁ ἀγαπητός, ἀκούετε αὐτοῦ

El segundo domingo de cuaresma nos sitúa en el capítulo 9, versículos del 2 al 10, referido a la Transfiguración de Jesús, siendo testigos Pedro, Santiago y Juan.

Para comprender las circunstancias que rodean el evangelio de hoy, es necesario tomar en consideración al menos tres elementos:

  • Pedro, Santiago y Juan aparecen en varios momentos importantes: fueron los primeros discípulos llamados (1, 16-20); le acompañaron al curar a la suegra de Simón (1, 29); Jesús pidió que fueran solamente ellos los que le acompañaran al momento de resucitar a la hija de Jairo (5, 37).
  • En el capítulo 8, versículos 31-33, Jesús explica que “el Hijo del hombre debía sufrir mucho… que le matarían y resucitaría a los tres días”.       Ante tal anuncio, Pedro “reprende” a Jesús por lo que ha dicho. Jesús le dice a Pedro que sus pensamientos “no son los de Dios, sino los de los hombres”.
  • En el mismo capítulo 8, versículos 34-38, aparecen algunas condiciones para seguir a Jesús; negarse a si mismo, tomar la cruz, perder la vida por el evangelio, etc.

Los discípulos, en vez de visualizar un panorama glorioso y un futuro gozoso, escuchan que Jesús va a sufrir, que lo matarán, y que el que quiera seguirlo deberá aceptar la misma suerte.

Por estas razones, entendemos la actitud de Pedro en el evangelio de hoy, que al encontrar un momento de gloria y resplandor, ante la transfiguración de Jesús, sean sus palabras: “Rabí, bueno es que nosotros estemos aquí, y hagamos tres tiendas…” «ῥαββί, καλόν ἐστιν ἡμᾶς ὧδε εἶναι, καὶ ποιήσωμεν τρεῖς σκηνάς» (v 5).

Pedro, que anteriormente fue reprendido por Jesús al decirle que sus pensamientos no eran como los de Dios, sino como los de los hombres (8, 33), recibe de parte de Jesús un silencio preparatorio para escuchar a modo de revelación la respuesta. ¿Quién responde a Pedro?

En el relato del evangelio aparece la nube, que simboliza la presencia de Dios, y tras cubrir con su sombra, una voz que sale de ella dice: “Éste es mi Hijo, el Amado, oídle”, «οὗτός ἐστιν ὁ υἱός μου ὁ ἀγαπητός, ἀκούετε αὐτοῦ» (v 7).

El verbo “oídle” «ἀκούετε», que está en presente, podemos traducirlo de una mejor manera como “escuchadle constantemente”.   Escuchar la invitación de Dios a dejar de pensar como los hombres, y empezar a pensar como Dios.

Pensar como Dios es estar en constante escucha de su Hijo Amado, que en vez de prometer una vida cómoda y fácil, anuncia su propio sufrimiento como única garantía para aquel que desee seguirle.

Puede ser que como Iglesia, grupo juvenil o familia, nos estemos acostumbrando a felicitarnos unos a otros por alcanzar nuestras propias expectativas. A que el único referente sea nuestra propia satisfacción y disfrute de los éxitos alcanzados.

Jesús quiere dejar claro que no hay resurrección sin muerte, que en ocasiones dejar de ser el centro de atención es condición para hacer el bien de los demás.

© Francisco Díaz

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