III Domingo de Cuaresma – Ciclo B (Juan 2, 13-25)

III Domingo de Cuaresma – Ciclo B

(Juan 2, 13-25)

Él hablaba acerca del templo de su cuerpo
ἐκεῖνος δὲ ἔλεγεν περὶ τοῦ ναοῦ τοῦ σώματος αὐτοῦ

En el tercer domingo de Cuaresma, se nos presenta en el evangelio de Juan la expulsión de los vendedores del Templo, relato que también encontramos con detalles e intencionalidad particular en Mateo 21, 12-17; Marcos 11, 15-19; y Lucas 19, 45-46.

La gran diferencia entre los sinópticos y Juan, radica en que la justificación no se hace en torno a una cita de la Escritura (Is 56, 7 “mi casa será llamada casa de oración”), sino en la invitación directa a comprender que Jesús es la plenitud de las Escrituras. Y si en Jesús radica esa plenitud, entonces el templo que será reconstruido no corresponde a la estructura física de piedra, sino a un Jesús que será “levantado de entre los muertos” (v22). En Juan 20, 9, encontramos un paralelo que nos indica precisamente que “hasta entonces no habían comprendido –los discípulos- que, según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

Es un Jesús que, según las lecturas de los domingos anteriores; cura enfermos, camina por las calles y se deja alcanzar por los leprosos, que prefiere orar en solitario antes que disfrutar de sus logros, que acepta el sufrimiento y persecución producidos por la predicación de la Buena Nueva de Dios. En cierto sentido, situar a Jesús como la plenitud de las Escrituras, es ir en contra de todo aquello representado en el templo en el cual priman los horarios y condiciones para ser aceptado, y al que sólo ingresan los que se consideran impecables y superiores a los demás.

Por tales razones, en el evangelio, vemos a Jesús que “expulsa a todos del templo” «πάντας ἐξέβαλεν ἐκ τοῦ ἱεροῦ» (v15), y que le pide a los vendedores “no hagáis la casa de mi padre casa de negocio” «μὴ ποιεῖτε τὸν οἶκον τοῦ πατρός μου οἶκον ἐμπορίου» (v16).

Vivir nuestra relación con Dios, siendo Jesús el centro, nos debe conducir a preocuparnos menos por las cosas y más por las personas. A que prefiramos dibujar en el rostro del que sufre una sonrisa, antes que mantener relucientes nuestros templos.

Fijar nuestra mirada en la “Palabra hecha carne” (Jn 1, 14), tendría que invitarnos a seguir a Jesús para conocerlo y así “parecernos” cada día más a Él.

© Francisco Díaz

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