San Pablo en el Nuevo Testamento

St Paul – Pompeo Gerolamo Batoni

 

San Pablo en el Nuevo Testamento

 

El único y primer testigo que consigna por escrito su propia experiencia de encuentro con el resucitado es Pablo, esto es, el acontecimiento histórico de su vocación o, como suele llamarse, su «conversión». Pero este hecho no puede considerarse como algo anecdótico, o como episodio particular y esporádico que sucediera en la vida de Pablo, sino que él mismo ha entendido que este acontecimiento constituye el contenido de su anuncio y el carácter divino de su misión de anunciarlo.[1]

 

A pesar del tiempo transcurrido, Pablo sigue siendo referente válido para todo creyente que desee comprender[2] la experiencia misionera y eclesial de la primera generación de cristianos, para así dialogar y servir de puente[3] entre los procesos evangelizadores de hoy en día.  Este urgente y complejo encuentro, entre los textos antiguos y el mundo moderno, requiere de parte nuestra la capacidad de escuchar desde la distancia cronológica que es también cultural e histórica,[4] las voces que cuestionan y confrontan nuestras comprensiones para hacer posible una verdadera comunicación.

Pablo, que desempeñó su actividad misionera entre los años 32 y 60 d. C.,[5] es uno de los personajes más importantes del Nuevo Testamento, debido a la abundante información que tenemos de él, y por pertenecer a la época originaria y fundacional del cristianismo primitivo.[6]

Al tomar nuestra Biblia en el orden canónico aceptado, basta con prestar atención al índice y notaremos que de los veintisiete libros neotestamentarios, veintiuno aparecen como «cartas» o «epístolas»,[7] de las cuales catorce (Corpus Paulinum) se relacionan con el nombre de Pablo, encontrando una pequeña mención de él en 2 Pedro 3, 15.[8]  De los 28 capítulos que conforman el libro de los Hechos de los Apóstoles, 20 de ellos (a partir de 7, 58) nos presentan detalles biográficos y relatos de la vida de Pablo.

Asistimos, no sólo al reconocimiento de uno de los teólogos más importantes de todo el cristianismo primitivo,[9] sino a una de las pocas figuras que emerge del pasado con notable claridad historiográfica[10] que sigue siendo novedosa debido a la información epistolar encontrada en papiro, así como por las incontables inscripciones descubiertas en las recientes excavaciones arqueológicas.[11]  Para entender tal valoración, Barbaglio afirma:

“Pablo es sin duda el personaje más accesible para nosotros del cristianismo primitivo, incluido Jesús.  En efecto, ningún otro puede ofrecer un testimonio tan vivo y palpitante como son las cartas paulinas.  Ya a principios de nuestro siglo, W. Wrede declaraba que Pablo es la figura más clara del cristianismo de los orígenes, la única figura clara en cierto sentido.  Podemos igualmente estar de acuerdo con el juicio de R. Bultmann: la comprensión del cristianismo de los orígenes se decide en la comprensión de Pablo.  Él está sólidamente plantado en el centro del cristianismo del siglo I y, en parte, del siglo II, calificado en gran parte por su iniciativa y por las reacciones que Pablo provocó”.[12]

Al tomar conciencia de tan abundante información, corremos el riesgo de enfocarnos tanto en un aspecto científico del texto, que podemos olvidar que nuestro punto de partida es una experiencia de vida.  Incluso, la teología presentada por Pablo en sus cartas en razón de la evidencia en las fechas de redacción[13] y destinatarios,[14] expone que su proceso de comprensión fue evolucionando conforme formulaba su vocación y seguimiento a Cristo.

En este sentido, lo narrado en las cartas y en el relato lucano, no son datos sueltos e irreconciliables entre sí.  Con tal de relacionar ambas fuentes, Brown explica tres maneras:

a) Confianza virtualmente completa en los Hechos […]

b) Gran desconfianza de los Hechos […]

c) Una postura intermedia utiliza las cartas de Pablo como fuente principal y las suplementa cautelosamente por medio de los Hechos, sin apresurarse a declarar como contradicciones las diferencias aparentes.[15]

Identificamos la postura intermedia de las presentadas por Brown como aquella que orienta la manera en que nos aproximamos a los textos estudiados en el presente trabajo.  Si una de las formas en que Pablo evangeliza a los paganos es contando su historia y proceso de vida (ver Ga 1, 23), sin obviar dificultades y temores (ver 1Cor 9, 3), entonces debemos valorar que la exposición de la vida propia no es simple transmisión de datos, sino fundamento originante de todo proceso de evangelización.  Hablar de Pablo como evangelizador de los gentiles (Ga 1, 16; Hch 9, 15; 22, 21; 26, 23), requiere tanto de lo contenido en sus cartas, como de la versión de los Hechos, cuya interpretación teológica[16] nos permite una visión general de la expansión del cristianismo “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

Bigliografía:

[1] Baena, “Fenomenología de la revelación”, 558.
[2] La lectura científica de los textos del N.T. nos permite establecer conexiones entre las observaciones y deducir conclusiones de las observaciones para comprender mejor el texto bíblico.  Para ampliar, ver a Egger, “Lecturas del Nuevo Testamento”, 18.
[3] Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, 13.
[4] Ibid., 15.
[5] Para conocer la cronología desde el esquema tradicional y crítico, ver a Vanni, “Las cartas de Pablo”, 7-8.
[6] Becker, Pablo, el apóstol de los paganos, 13.
[7] En el trabajo nos hemos inclinado por utilizar el término «carta». Respecto a la diferencia entre carta o epístola, ver a Sánchez, “Escritos paulinos”, 51-52.
[8] “Pensad que la paciencia de nuestro Señor es para nuestra salvación, tal como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada” (2P 3, 15).
[9] Becker, Pablo, el apóstol de los paganos, 13.
[10] Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, 23-32.
[11] Ibid., 13.
[12] Ibid., 21-22.
[13] Para ubicar cronológicamente la redacción de las cartas, ver Anexo 2 del presente trabajo.
[14] Nueve dirigidas a comunidades de localidades geográficas (Rm, 1 y 2Cor, Ga, Ef, Flp, Col, 1 y 2Ts); y cuatro a particulares (1 y 2 Tm, Tt, Flm).  Para una mejor comprensión, ver a Brown, “Introducción al Nuevo Testamento II”, 542.
[15] Brown, “Introducción al Nuevo Testamento II”, 557-558.
[16] Ibid., 558.

Entrevista a Antonio Piñero, quien discute acerca de la importancia de San Pablo en el cristianismo del primer siglo. 

© Francisco Díaz, S.J.

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