San Pablo y la cultura de orientación colectivista del siglo I

 

San Pablo y la cultura de orientación colectivista del siglo I

Contexto histórico y sociocultural del siglo I

La construcción de la identidad de un judío durante el siglo I, época dentro de la cual podemos ubicar la figura histórica de Pablo, debía responder a la petición de Dios que exige a Israel “su compromiso a no adorar otros dioses y a ordenar su vida de acuerdo con las normas contenida en la Torá”. [1]

Esta respuesta no era única[2] para todos los judíos debido a la gran variedad y corrientes dentro del propio judaísmo.  Por tal razón podemos hablar de “judaísmos”,[3] que en cierto sentido expresa que la respuesta acerca de cómo vivir la fidelidad a Dios estaba condicionada por las diversas circunstancias históricas y sociales.

En esa búsqueda de identidad, Pablo se enfrentó a diversas formas de comprensión de su propia religiosidad y conducta.  Sea la que fuere, no podía realizarse en solitario o individualmente sino en grupo.

En las culturas de orientación colectivista incluirse en uno de esos grupos, además de reconocerse en un círculo social y sentirse aceptado, se esperaba que los miembros desarrollaran la capacidad de defender las costumbres y formas de conducta, que los identificaban de uno u otro grupo.[4]

De esta forma, los proyectos en apariencia individual, son “yoes”[5] en los cuales está incluido el anhelo e interés de los demás integrantes de un grupo.  Es decir.  En la cultura de orientación colectivista, el interés grupal está detrás de todo reconocimiento o proyecto individual.

Otro aspecto o forma de entender a las personas inmersas en esta cultura colectivista, es describirlas desde la orientación psicológica del “diadismo”.  Una persona diádica es aquella que se encuentra orientada hacia la colectividad,[6] es decir, que para conocerse necesita saber lo que las demás personas dicen de ella misma, con el fin de confirmar que su posición y conducta social, cumple con las exigencias del grupo hacia su persona.

En este sentido, el “diadismo” provocaba en la conformación de la personalidad en el siglo I, que cada miembro se sintiera comprometido y cuidadoso en el cumplimiento y ejercicio de su actividad acorde a su posición social, porque la interrelación[7] y consideración de los demás, era más importante que la propia evaluación individual de su proceder en la vida.

Tener objetivos comunes y defender las costumbres, servía no sólo para ser reconocidos, sino para llegar a ser más fuertes que los otros, mejorando así la posición social como grupo.[8]  Para lograrlo, abandonar los deseos egoístas y necesidades individuales, permitía orientar todo el esfuerzo personal para crear bienestar grupal.  De esta forma, el miembro de la comunidad moralmente perfecto[9] es aquel que deja todo proyecto que pueda rivalizar con el grupo, asumiendo las luchas colectivas como propias.

De esta formación se encargaba la familia judía sabida su estructura patriarcal, porque estaba obligada a educar a sus hijos conforme a la vida prescrita por la Ley.[10]  En este ambiente, los niños aprendían que el ideal es el cumplimiento de los preceptos, y que el reconocimiento social y la satisfacción personal, vendrían en la medida en que asuma el rol de cumplidor[11] y defensor de esas normas y valores que fortalecen la moral grupal.  La pertenencia y el reconocimiento absoluto de la autoridad de un líder,[12] marcaba en los niños la necesidad de regirse por costumbres grupales acorde a su grupo familiar.

De esta manera podemos entender que Pablo se sintiera, en un primer momento, con la obligación de defender y vivir acorde a la figura de la Ley, pues fue su referente de crianza (ver Flp 3,5).

Ahora bien.  En la cultura de orientación colectivista, identificamos grupos que podemos catalogar de fuertes y débiles.  Un grupo fuerte sería aquel en el cual todos los miembros comparten una identidad común sin que exista oposición[13] ni divergencias entre el individuo y los valores grupales.  Y el grupo débil, estaría conformado por individuos que, debido a factores externos, priorizan intereses particulares dejando a un lado las necesidades grupales.[14]

La presencia de los romanos, los impuestos,[15] la excesiva observancia de la ley por parte de los fariseos, etc., fueron factores que obstaculizaron seguir apostando por el cumplimiento de las normas, que hasta ese momento beneficiaban efectivamente al colectivo.  Por lo tanto, el surgimiento de grupos que buscaban solucionar de otra forma parte de los problemas, era visto como una oportunidad para unos, y amenaza para otros.

Es en este ambiente donde aparecen personajes con actitudes individualistas que podían provenir de sectores dotados de subculturas propias.[16]  Es necesario precisar que, en la cultura de orientación colectivista, el surgimiento de actitudes individualistas no refleja necesariamente autonomía o interés en un proyecto individual[17] como lo podríamos entender hoy en día al etiquetar a un compañero de trabajo como egoísta, sino que se refiere a modificaciones conductuales que persiguen mejorar como grupo.

A pesar de la cultura de orientación colectivista, aparecen conductas como las de Pablo, cuya actuación denota en ciertos momentos, comportamientos que van en contra de su propio grupo.  En este caso, Pablo, que en un principio pertenece al grupo fuerte representado en Roma, se configura e identifica con el grupo de los débiles pues se siente judío.

Bibliografía

[1] Aguirre, Así empezó el cristianismo, 50.
[2] Ibid., 51.
[3] Ibid., 52.
[4] Ibid., 62.
[5] Neufeld, Para entender el mundo social del Nuevo Testamento, 44.
[6] Malina, El mundo del Nuevo Testamento, 90.
[7] Ibid., 86.
[8] Neufeld, Para entender el mundo social del Nuevo Testamento, 48.
[9] Aguirre, Así empezó el cristianismo, 64.
[10] Ibid., 73.
[11] Ibid., 76.
[12] Neufeld, Para entender el mundo social del Nuevo Testamento, 49.
[13] Malina, El mundo social de Jesús y los evangelios, 65.
[14] Ibid., 66.
[15] Aguirre, Así empezó el cristianismo, 59.
[16] Ibid., 62.
[17] Neufeld, Para entender el mundo social del Nuevo Testamento, 43.

Les comparto (y recomiendo) la entrevista a Rafael Aguirre, experto en el cristianismo del primer siglo. 

© Francisco Díaz, S.J.

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